El empoderamiento

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Método ABA, Floor Time, Early Start Denver Model, TEACCH, Hanen, Social Thinking,  SCERTS, Programa Autismo de Gina Davies son solo algunos de los modelos de intervención suportado por alguna evidencia científica. Los que están siendo investigados (integración sensorial, terapia asistida por perros o caballos…) y los que han sido descartados por los estudios (pero todavía se aprovechan de la desesperación de las familias) ni se cuentan. Los que tienen respaldo por los estudios científicos son modelos patentados: cada uno tiene su centro y su equipo de profesionales formados y autorizados a impartir el método, organiza sus formaciones a precios carísimos, publica sus manuales y sobre todo exige más o menos claramente una especie de acto de fe en su metodología y su hoja de ruta, que tiene que ser seguida a pie de la letra y que difiere de los otros modelos en una cosa u otra. El primer terapeuta que nos atendió tenía una visión muy heterodoxa, que por suerte está siendo cada vez más compartida por los profesionales del sector y que se basa en la idea que todo el entorno social del niño tiene que “empoderarse”, volverse en la fuente principal de estimulación, ser capaz de buscar y aplicar las estrategias mejores para la situación concreta entre todas las que están disponibles en un modelo u otro. El papel del terapeuta es fundamental para formar y guiar a la familia, elegir las estrategias mejores estudiando la situación concreta y las necesidades específicas que son diferentes en cada caso. En lugar de abrir el manual a página 1, sentarse frente al niño y empezar a aplicar el modelo elegido en un entorno adaptado durante 45 horas a la semana, el profesional ve al niño y a la familia una o dos veces a la semana, habla con los padres, estudia con ellos el caso y su evolución, prueban juntos una u otra estrategia, buscan un camino adaptando las herramientas disponibles.

Cuando se aplica este enfoque, la persona de referencia adquiere una importancia capital para la familia. La eficacia de su intervención aumenta con el tiempo juntos, porque va conociendo cada vez mejor la situación familiar, el conjunto de puntos fuertes y débiles del niño, las estrategias que mejor se adaptan a él. También, entra en la vida de la familia en su dimensión más complicada, dolorosa y personal, apoya en momentos difíciles, enseña a gestionar conductas complicadas, comparte éxitos. Su apoyo llega a trascender la vida privada y se extiende al complejo mundo de la escuela y al laberinto de la burocracia administrativa. Cuando escolarizamos a Diego, los servicios de atención temprana terminaron y perdimos a nuestro terapeuta de referencia que nos había acompañado por casi dos años, y tuvimos que apoyarnos a los servicios de una asociación privada, en la que conocimos a nuestra nueva terapeuta. El delicado proceso de reconstrucción de una relación tan importante volvió a empezar desde cero. Otra vez, cuestionarios, entrevistas, sesiones de evaluación, periodo de adaptación mutua. Semanas para conocer y hacerse conocer. Pruebas, pequeños progresos, pequeñas retrocesiones. Exponer lo más personal, lo más difícil, las preocupaciones y las debilidades. Tener que meter nuestra vida en las manos de una persona desconocida, otra vez. Construir, un paso a la vez, 45 minutos a la semana, confianza mutua. Y ver cómo, semana tras semana, mes tras mes, nos íbamos entendiendo, planificábamos estrategias, aparecían los progresos. Con mucho esfuerzo superamos, con su guía, problemas complicados, durante dos años en los cuales aparecieron muchos bloqueos y nuestra confianza en el futuro llegó a sus mínimos históricos.

En esos dos años, nuestra terapeuta nos acompañó en la difícil labor de adaptar las estrategias más o menos rígidas de los varios métodos a nuestra personal situación y al camino no muy ortodoxo que habíamos elegido. El mundo real no es comprensible para las personas con autismo, y las opciones son dos: crearles una burbuja donde vivir a gusto (más fácil y con resultados más comprobados) o entrenarles a vivir en la vida real, donde no hay pictogramas por la calle, clases estructuradas en los colegios, libros adaptados, instrucciones visuales plastificadas en y personal con dos másteres en autismo en cada rincón. La segunda opción requiere una gran dosis de capacidad de improvisación y de valor. Toda una apuesta, fuera del área de confort de todos nosotros. Lo único que nos podía guiar eran los resultados del día a día.

En esos dos años hemos aprendido mucho. Acabamos el segundo curso de educación infantil, y con ello las sesiones de terapia, con unas cuantas victorias: fiestas de cumpleaños (incluidas la suyas) con compañeros de clase, superación de dos períodos de fuertes crisis, los primeros metros en bici, las bases para unas sesiones de trabajo y juego en casa que abrirían el camino para una integración más fluidas en las rutinas de clase, y algunas sesiones de juego en casa con algún compañero de clase. Fuimos a la última sesión de terapia llenos de nuevos proyectos para el curso siguientes, y a la hora de despedirnos de nuestra terapeuta antes del verano nos llegó el gran batacazo.

Con mucha pena, nos comunicó que no seguiría ahí el curso siguiente, no por decisión suya. Fue un momento devastador. Otra vez estábamos solos, otra vez se desmoronaba el equilibrio que habíamos construido con mucho esfuerzo, otra vez tendríamos que enseñar lo más frágil y privado de nosotros a una persona desconocida, otra vez había que empezar desde cero. Si se sigue el manual, un buen profesional solo tiene que volver a abrir el libro en la última página marcada. Pero si se sale del camino establecido, lo que se construye en cada paso no se puede sustituir de un día para otro. Además, ya muchos puntos de referencia son demasiado volátiles (en el colegio las maestras y el personal de apoyo puede cambiar cada año, los monitores de las actividades de ocio nunca son los mismos, de muchas personas valiosas antes o después hay que prescindir) y perder el único que parecía más estable fue durísimo. Pasamos unos días verdaderamente angustiosos, y sintiendo mucha rabia por perder una profesional excelente, supuestamente por unos cálculos económico en los cuales el valor adquirido por la experiencia de cada día no se contabilizaba. Y finalmente, una mañana después de otra noche en velas entendí en que consiste, verdaderamente, el empoderamiento. En entender que Diego podía recibir ayuda de muchas personas, pero solo podía contar de verdad con nosotros.  Esto significaba que teníamos que formarnos directamente, aprender más, sentirnos más capaces de enfrentarnos a los eventos, aprender de los profesionales, pero construir nuestro camino con nuestras propias fuerzas.

 

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Método ABA, Método ABA, Floor Time, Early Start Denver Model, TEACCH, Hanen, Social Thinking, SCERTS, Programma Autismo di Gina Davies sono solo alcuni dei metodi di intervento supportati da qualche evidenza scientifica. Quelli sottoposti attualmente a ricerca (integrazione sensoriale, terapia assistita con animali…) o quelli scartati dagli studi (ma che ancora si approfittano della disperazione delle famiglie) non si contano nemmeno. I metodi che hanno appoggio scientifico sono soprattutto modelli brevettati: ognuno ha il suo centro e equipe di professionisti formati a autorizzati a impartire il metodo, organizza formazioni a prezzo carissimo, pubblica i suoi manuali e soprattutto esige più o meno chiaramente una specie di atto di fede nella sua metodologia e programma, che bisogna seguire alla lettera e che si differenzia dagli altri modelli in qualche aspetto. Il primo terapista che ci seguì aveva una visione molto eterodossa dell’intervento (che per fortuna sta cominciando a diffondersi tra i professionisti del settore) che si basa sull’idea che tutto l’ambiente sociale del bambino si deve “appoderare”, trasformare nella fonte principale di stimolo, essere capace di cercare e applicare le strategie migliori per la situazione concreta e le necessità specifiche che sono diverse in ogni persona. Invece di aprire il manuale a pagina 1, sedersi davanti al bambino e cominciare ad applicare il modello prescelto in un ambiente artificiale durante 45 ore alla settimana, il professionista vede il bambino con la sua famiglia una o due volte alla settimana, parla con i genitori, studia con loro la situazione e l’evoluzione, prova insieme a loro strategie diverse, cercano insieme un cammino adattando gli strumenti disponibili.

 

Quando si applica questa visione, la persona di riferimento acquisisce un’importanza capitale per la famiglia. L’efficacia del suo intervento aumenta con il tempo passato insieme, perché conosce ogni giorno di più la situazione famigliare, l’insieme di punti forti e punti deboli del bambino, le strategie più adatte a lui. Inoltre, entra nella vita della famiglia nella sua dimensione più complicata, dolorosa e personale, appoggia nei momenti difficili, insegna a gestire comportamenti complicati, condivide successi. Il suo sostegno arriva a trascendere la vita privata e si estende al complesso mondo della scuola e al labirinto della burocrazia amministrativa. Quando Diego cominciò la scuola materna, i servizi di attenzione precoce cessarono e perdemmo al nostro terapista di riferimento che ci aveva accompagnato per quasi due anni, e ci appoggiammo ai servizi di un’associazione privata, nella quale conoscemmo alla nostra nuova terapista. Il delicato processo di ricostruzione di una relazione tanto importante ricominciò da zero. Di nuovo, questionari, colloqui, sessioni di valutazione, periodo di adattamento mutuo. Settimane per conoscere e farsi conoscere. Prove, piccoli progressi, piccole retrocessioni. Esporre la parte più personale, più difficile, le preoccupazioni e le debolezze. Mettere la nostra vita nelle mani di una persona sconosciuta, di nuovo. Costruire, un passo alla volta, 45 minuti alla settimana, fiducia muta. E vedere, settimana dopo settimana, mese dopo mese, come aumentava l’intesa, pianificavamo strategie, apparivano i progressi. Con molto sforzo superammo, con la sua guida, problemi complicati, in due anni in cui apparvero molti blocchi e la nostra speranza nel futuro raggiunse minimi storici.

In quei due anni, la nostra terapista ci accompagnò nel difficile lavoro di adattare le strategie più o meno rigide dei vari metodi alla nostra situazione personale e al cammino non molto ortodosso che avevamo scelto. Il mondo reale non è comprensibile per le persone con autismo, e le opzioni sono due: creargli una bolla dove vivere serenamente (più facile e con risultati più sicuri) o allenarli a vivere nella vita reale, dove non ci sono pittogrammi per strada, classi strutturate nelle scuole, libri adattati, istruzioni visuali plastificate e personale con due master in autismo ad ogni angolo. La seconda opzione richiede una grande dose di capacità di improvvisazione e di coraggio. Tutta una scommessa, fuori dall’area di confort di tutti noi. L’unica cosa che ci poteva guidare erano i risultati giorno per giorno.

In quei due anni abbiamo imparato tanto. Finimmo il secondo anno di scuola materna (e le sessioni di terapia) con un gruzzolo di vittorie: feste di compleanno (incluse le sue) con i compagni di classe, superamento di due periodi di forte crisi, i primi metri in bicicletta, le basi per delle sessioni di lavoro e gioco in casa che avrebbero aperto il cammino a una integrazione più fluida nelle routine di classe, e alcune sessioni di gioco in casa con qualche compagno di classe. Andammo all’ultima sessione di terapia pieni di nuovi progetti per il corso successivo, e nel momento di salutare la terapista arrivò la grande mazzata.

Con molto dolore, ci comunicò che non ci sarebbe stata nel corso successivo, non per decisione sua. Fu un momento devastante. Di nuovo soli, di nuovo crollava l’equilibrio che avevamo costruito con tanto sforzo, di nuovo avremmo dovuto mostrare la parte più fragile e privata di noi a una persona sconosciuta, di nuovo ricominciava tutto da capo. Se si segue un manuale, un bravo professionista deve solo aprire il libro all’ultima pagina segnata. Ma se si esce dal cammino stabilito, quello che si costruisce in cada passo non si sostituisce dall’oggi al domani. Tra l’altro, molti punti di riferimento sono già troppo volatili (a scuola, le maestre e il personale di sostegno possono cambiare ogni anno, gli animatori nelle attività extrascolastiche non sono mai gli stessi, molte persone valide cambiano ogni momento), e perdere quello che sembrava più stabile fu durissimo. Passammo dei giorni davvero angoscianti, e con molta rabbia per la perdita di una professionista eccellente, per via di calcoli economici nei quali il valore acquisito dall’esperienza di ogni giorni non contava. E finalmente, una mattina dopo un’altra notte insonne, capì in cosa consiste, veramente, l’appoderamento. Diego poteva ricevere aiuto da molte persone, ma poteva contare davvero solo su di noi. Questo significava che dovevamo formarci direttamente, imparare di più, sentirci più capaci di affrontare gli eventi, imparare dai professionisti ma costruire il nostro cammino con le nostre forze.

 

 

 

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Imposible

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En las primeras semanas tras el descubrimiento del autismo de Diego, los vídeos de los Cantajuegos fueron el fondo musical de nuestros días. El niño estaba tremendamente fascinado por esas geniales interpretaciones de las más populares canciones infantiles, y nosotros las utilizábamos para fomentar su comunicación. Al día de hoy, escuchar esas pistas todavía me trasporta a esa sensación de shock y trauma que era lo único que sentí, día y noche, durante meses. “El autismo es un ladrón. Se lleva a tu niño, se lleva a tus esperanzas, y te roba tus sueños” escribe Kristine Barnett en mi libro preferido. En esas tardes infinitas, me sentaba delante del ordenador con Diego en mi regazo, y le obligaba a comunicarse conmigo para poder escuchar la canción que quería, entregándome el pictograma correspondiente y haciendo contacto visual conmigo, ya que todavía no podía hablar, arrancándole miradas fugaces al autismo que se lo estaba llevando.

Ver los vídeos de los Cantajuegos con él era dulce y amargo al mismo tiempo. Nos permitía establecer los primeros intercambios, pero me restregaba por la cara todo lo que Diego nunca haría. Bailar en un grupo de niños de su edad, siguiendo los gestos de los cantantes, mirándolos y riendo como si Papa Noel en persona se hubiese materializado delante de sus ojos. Disfrutar de las canciones, reírse con sus compañeros. Entender lo que estaba pasando a su alrededor. Estar conectado. Mientras miraba los vídeos, Diego no movía un musculo, no cambiaba su expresión, no buscaba mi mirada, por supuesto no cantaba. Se concentraba, totalmente absorto en las imágenes. Igual memorizaba cada fotograma, igual contaba los personajes cada segundo. Nunca lo he sabido. Solo sabía que, al terminar la canción, buscaría el pictograma correspondiente a la siguiente que quería ver, me lo entregaría y haría el esfuerzo de mirarme a los ojos durante medio segundo para obtenerla, y luego se sumergiría en el vídeo sin ver ni sentir nada más.

Dos años después, Diego era un niño muy diferente. Hablaba, aunque todavía le costaba enlazar más de tres palabras seguidas, había entendido la importancia de la comunicación, aunque todavía le costaba mucho emplearla, era muy cariñoso con nosotros y disfrutaba de algunos juegos. Toleraba estar con otros niños, y hacía pequeños avances en su interacción con ellos. Todavía le apasionaban los Cantajuegos, y su comportamiento frente a los vídeos era completamente diferente: reía, cantaba y bailaba las canciones imitando lo que veía en la pantalla. Era muy bonito verle así, y cuando su educadora (que ya era algo como una tía para Diego) me dijo que los Cantajuegos harían un concierto en nuestra ciudad, combatí el miedo y compré los billetes. Con Diego habíamos ido a muchas iniciativas para niños (exposición de dinosaurios, del hielo, museos de la ciencia, acuarios…) más que nada para sobrevivir a fines de semanas interminables. Nuestra experiencia era, por supuesto, diferente. Entrar en sitios cerrados le costaba, luego se liaba enseguida en algún bucle, hasta que encontraba algo que le llamaba la atención, y entonces aprovechábamos para establecer alguna interacción, alternando bucles y pequeñas actividades de interacción. Hasta que no podía más salir de algún bucle, por el cansancio y el estrés, y dábamos por concluida la excursión. Compré los billetes para el concierto estableciendo objetivos mínimos: entrar, sentarnos en la butaca y aguantar unos minutos. No podíamos prever como percibiría la situación. Si le superaría la gente, los niños, las luces, la música. Si se liaría con los números de butaca. Con la escalera o la rampa. Si se daría cuento de lo que estaba pasando. Si se enfadaría por tener que entrar en una determinada fila de butacas, si se agobiaría. Si daría muestra de escuchar la música. Habíamos ido a alguna representación, cuentacuentos, y no había funcionado. Ni había mirado a los actores. Creo que compré los billetes con la intención egoísta de plantarle cara al autismo e intentar, una vez más, hacer lo que hacían las familias normales, forzando a Diego a disfrutar de las cosas que les gustan a los otros niños.

Le preparé como siempre hacíamos en estas ocasiones: con un cuento social elaborado para él, con su foto, la del auditorio, de los Cantajuegos y con frases y pictogramas que le explicaban donde se tenía que sentar y que pasaría después. No tenía ni idea de si había entendido algo de todo aquello. Entramos en el auditorio de la mano, con niveles de ansiedad muy por encima de lo saludable y el estómago revuelto, y nos mezclamos con el bullicio de padres y niños. Alcanzamos nuestras butacas. Nos sentamos. Respiré. Ya estábamos en la mitad de mi objetivo. Diego estaba extrañamente tranquilo. No, tranquilo no, concentrado. Alerta.

Permaneció sentado entre nosotras, durante los minutos que transcurrieron antes de que empezara el espectáculo, e increíblemente no fue necesario sacar la Tablet para entretenerle. En una gran pantalla delante de nosotros pasaban fotos de los cantajuegos y él las miraba con los ojos muy abiertos. No me parecía verdad estar ahí y tenía taquicardia. Cuando se apagaron las luces y empezó la música, los ojos se le abrieron como platos. Cuando el Grupo Encanto hizo su aparición en el escenario, casi se le salieron de la órbita, creo que no pestañeó durante minutos. Esbozó algo como una especie de sonrisa desconcertada, como si no podía dar crédito a lo que veía. No hizo nada de lo que me esperaba. Liarse con algo insignificante. Taparse los oídos. Llorar. Intentar escaparse. Durante minutos estuvo ahí sentado, totalmente raptado por el espectáculo, con la boca y los ojos abiertos de par en par, agarrando fuerte mi mano. De repente, cuando cantaron una canción movida, una de sus preferidas, esbozó algún gesto y entonces su educadora lo levantó de la silla y lo puso en el pasillo del medio, donde otros niños ya estaban de pie, bailando. Se echó a reír y bailó todas y cada una de las canciones de las dos horas en las que duró el espectáculo.

Yo no vi nada del concierto. Solo le miré a él y no podía parar de llorar. Delante de mis ojos estaba ocurriendo lo imposible. Lo que nunca podía haber pasado. Exactamente eso lo que tanto me había dolido dos años atrás. Esas canciones, ese grupo. Lo que nunca me había permitido soñar. Lo que el autismo me había robado, y que nosotros le habíamos vuelto a arrancarle al ladrón de niños. Y durante un momento, no pude evitar pensar que, si le habíamos arrancado los Cantajuegos, igual podríamos robarle también otras cosas…hablar…jugar…ir al colegio…tener amigos…estudiar…trabajar…marcharse a vivir su vida.

 

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Nelle prime settimane dopo la scoperta dell’autismo di Diego, i video dei Cantajuegos furono il sottofondo musicale delle nostre giornate. Il bambino era terribilmente affascinato da quelle geniali interpretazioni delle canzoncine infantili popolari, e noi le utilizzavamo per incentivare la comunicazione. Ancora oggi, ascoltare quelle canzoni mi trasporta a quella sensazione di shock e trauma che era tutto ciò che provavo, giorno e notte, per mesi. “L’autismo è un ladro. Ti porta via il tuo bambino, ti porta via la speranza, e ti deruba dei tuoi sogni” scrive Kristine Barnett nel mio libro preferito. In quei pomeriggi infiniti, mi sedevo davanti al computer con Diego sulle mie ginocchia, e lo obbligavo a comunicare con me per poter ascoltare le canzoni che voleva, consegnandomi il pittogramma corrispondente mentre stabiliva un contatto oculare con me, visto che ancora non poteva parlare, strappando occhiate fugaci all’autismo che se lo stava portando via.

Vedere i video dei Cantajuegos con lui era dolce e amaro allo stesso tempo. Ci permetteva stabilire i primi scambi, ma mi sbatteva in faccia tutto quello che Diego non avrebbe mai fatto. Ballare in un gruppo di bambini della sua età, seguendo i gesti dei cantanti, guardandoli e ridendo come se Babbo Natale in persona si fosse materializzato davanti ai loro occhi. Divertirsi cantando, ridere con i suoi amici. Capire cosa stava succedendo intorno a lui. Essere connesso. Mentre guardava i video, Diego non muoveva un muscolo, non cambiava la sua espressione, non cercava il mio sguardo, naturalmente non cantava. Si concentrava, totalmente rapito dalle immagini. Forse memorizzava ogni fotogramma, forse contava i personaggi ogni secondo. Non l’ho mai saputo. Solo sapevo che, alla fine di ogni canzone, avrebbe scelto il pittogramma corrispondente alla seguente che voleva vedere e avrebbe fatto lo sforzo di guardarmi negli occhi per mezzo secondo per ottenerla, y poi si sarebbe immerso nel video senza vedere ne sentire nient’altro.

Due anni dopo, Diego era un bambino molto diverso. Parlava, anche se ancora faceva fatica a legare tre parole di seguito, aveva capito l’importanza della comunicazione, anche se gli costava molto farne uso, era molto affettuoso con noi e si divertiva con alcuni giochi. Tollerava stare con gli altri bambini, e faceva piccoli passi avanti nella sua interazione con loro. Lo appassionavano ancora i Cantajuegos, e il suo comportamento davanti ai video era completamente diverso: rideva, cantava e ballava le canzoni imitando quello che vedeva sul monitor. Era molto bello vederlo così, e quando la sua educatrice (che era già qualcosa come una zia per Diego) mi disse che i Cantajuegos sarebbero venuti in concerto nella nostra città, cacciai via la paura e comprai i biglietti. Con Diego eravamo andati a molte iniziative per bambini (esposizione di dinosauri, del ghiaccio, musei della scienza, aquari…) più che altro per sopravvivere a fine settimana interminabili. La nostra esperienza era, ovviamente, differente. Entrare in spazi chiusi gli costava, poi si incasinava subito in qualche loop, fino a che trovavamo qualcosa che attirava la sua attenzione, e allora approfittavamo per stabilire qualche interazione, alternando loop e piccole attività di interazione. Fino a quando non riusciva più a uscire da qualche loop, per la stanchezza e lo stress, e davamo per conclusa la gita. Comprai i biglietti per il concerto stabilendo obbiettivi minimi: entrare, sederci nelle nostre poltrone, e resistere qualche minuto. Non potevamo prevedere come avrebbe percepito la situazione. Se si sarebbe sentito sopraffatto dalla folla, dai bambini, dalle luci, dalla musica. Se si sarebbe incasinato con i numeri delle poltrone. Con la scala o con la rampa. Se si sarebbe reso conto di quello che stava succedendo. Se si sarebbe arrabbiato per Dover entrare in una determinata fila di poltrone, se si sarebbe angosciato. Se avrebbe mostrato un segno di riconoscimento della musica. Eravamo già andati ad alcune rappresentazioni, cantastorie, e non aveva funzionato. Non aveva nemmeno degnato gli attori di uno sguardo. Credo che comprai i biglietti con l’intenzione egoista di affrontare l’autismo e provare, di nuovo, a fare quello che facevano le famiglie normali, forzando Diego a godere delle cose che piacciono agli altri bambini.

Lo preparai come facevamo sempre in queste occasioni: con una storia sociale creata per lui, con la sua foto, quella dell’auditorio, dei Cantajuegos e con frasi pittogrammi che gli spiegavano dove doveva sedersi e che cosa sarebbe successo dopo. Entrammo nell’auditorio per mano, con livelli di ansia molto superiori a quelli di rischio e lo stomaco sottosopra, e ci mescolammo nella massa di genitori e bambini. Raggiungemmo le nostre poltrone. Ci sedemmo. Respirai. Avevamo già raggiunto metà dei nostri obbiettivi. Diego era stranamente tranquillo. No, non tranquillo, concentrato. Allerta.

Rimase seduto tra di noi, nei minuti che trascorsero prima che cominciasse lo spettacolo, e incredibilmente non fu necessario tirar fuori la Tablet per distrarlo. Su un maxischermo davanti a noi proiettavano foto dei Cantajuegos e lui le guardava con gli occhi spalancati. Non mi sembrava vero di essere lì e avevo la tachicardia. Quando si spensero le luci e cominciò la musica, gli occhi gli si spalancarono ancora di più, e quando i cantanti fecero la loro apparizione sul palco, quasi gli uscirono dalle orbite, credo che non batté le palpebre per qualche minuto. Accennò una specie di sorriso sconcertato, come se non potesse credere ai suoi occhi. Non fece niente di quello che mi aspettavo. Incasinarsi con qualcosa di insignificante. Tapparsi le orecchie. Piangere. Cercare di scappare. Per qualche minuto rimase lì seduto, totalmente rapito dallo spettacolo, con la bocca e gli occhi aperti, stringendomi forte la mano. All’improvviso, quando cantarono una delle sue canzoni preferite, accennò a qualche gesto e allora la sua educatrice lo fece alzare dalla sedia e lo guidò fino al corridoio centrale, dove altri bambini stavano già ballando. Scoppiò a ridere e ballò tutte le canzoni nelle due ore che durò lo spettacolo.

Io non vidi niente del concerto. Solo guardavo lui e non potevo smettere di piangere. Davanti ai miei occhi stava succedendo l’impossibile. Quello che non sarebbe mai potuto succedere. Esattamente quello che mi aveva fatto così male due anni prima. Quelle canzoni, quel gruppo. Quello che non mi ero mai permessa di sperare. Quello che l’autismo ci aveva rubato, e che noi avevamo strappato indietro al ladro di bambini. E per un momento, non riuscii a evitare di pensare che gli avevamo strappato i Cantajuegos, forse potevamo rubargli anche altre cose…parlare…giocare…andare a scuola…avere amici…studiare…lavorare…andarsene per vivere la sua vita.

El padre de al lado

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Este verano, el primero en el que disfrutamos de verdad las vacaciones con Diego, un día fuimos a un parque en el que había varios recorridos “aventura” que consistían en superar varios obstáculos (puentes colgantes, vigas, redes, tirolinas…). Naturalmente para nosotros los retos empezaban bastante antes…entrar en la taquilla y comprar la entrada (con su correspondiente fila y tiempo de espera), poner el arnés y el casco, atender a la demostración del monitor, y realizar el recorrido en el orden correcto, sin dar la vuelta y aceptando los continuos cambios de posición de los mosquetones de seguridad.

Tras haber anticipado a Diego toda la secuencia, y con la familiar y omnipresente ansiedad que nos acompaña en cada salida, superamos sin rabietas todos los pasos previos y empezamos el recorrido. A Diego le encantó. Cuando algo le gusta, se le dibuja en la cara una expresión especial, entre la sonrisa y la concentración, y eso es presagio de una experiencia que acabará bien. Y así fue…repitió el recorrido decenas de veces, aprendiendo poco a poco a desenganchar y enganchar autónomamente los mosquetones de seguridad en cada obstáculo, y pasando desde la ecolalia auto-regulatoria de las primeras tres vueltas a pequeñas frases cada vez más relacionadas con lo que estaba haciendo. Su motricidad fina no es de las mejores, y manejar los mosquetones le costaba horrores…no conseguía posicionarlos bien y accionar el mecanismo de cierre al mismo tiempo, se pillaba los dedos, no atinaba el cable de acero…pero seguía intentándolo con una perseverancia feroz, y me costó un gran esfuerzo de voluntad no intervenir, incluso cuando en una ocasión lo intentó 23 veces seguidas hasta conseguirlo.

Entre los obstáculos del recorrido tuve ocasión de ver como se siembran la intolerancia y la competitividad, y aunque en ese momento solo intenté concentrarme en lo mucho que estaba consiguiendo Diego, y en lo bien que se lo estaba pasando, me hubiera gustado explicarle un par de cosas al padre que teníamos al lado.

Al padre del niño de al lado

Hola, hace unas semanas nuestros hijos coincidieron en el recorrido del parque aventura. El tuyo, de unos 4 años, iba justo detrás del mío, de 6. La diferencia en agilidad entre los dos chavalines era más que evidente, y comprendo perfectamente que te sintieras orgulloso de que tu niño pareciera un escalador experimentado comparado con el mío. También entiendo que el hecho de que tu hijo desenganchara y enganchara los mosquetones de seguridad con la rapidez de un alpinista, mientras el mío (el doble de grande) lo intentaba mil veces (y encima no lo conseguía) te hiciera sentir orgulloso. No te culpo de haber subrayado la agilidad de tu hijo con tus comentarios sobre lo fácil que eran los varios obstáculos y lo rápido que había que superarlos, aunque fuera poco delicado hacerlo delante de un niño que evidentemente no tenía ese don. 

Supongo que no te diste cuenta de que mi hijo tuviera ciertas dificultades, y que pensaste que ese niño había simplemente vivido durante 6 años delante de la tele, pero en realidad da igual. Cuando mi hijo, con la sonrisa más solar del mundo, pidió a su padre ayuda para superar un tramo un poco más complicado del recorrido, y tu hijo (por imitación) hizo lo mismo contigo, con la contestación que le diste (con un tono más alto del necesario) sembraste la primera semilla de la discriminación. “Que??? No querrás que te ayude para esa tontería!! Hazlo tu solo, que sabes de sobra.” Es decir: el niño que va delante de ti, encima más mayor, es tonto porque además de frenarte con su evidente torpeza, pide ayuda a su papá. 

Menos mal que Diego no capta estas indirectas y posiblemente ni te escuchó, tan concentrado como era en su ecolalia. Yo sí te escuché, y si hice como que no me hubiera dado cuenta es porqué, como siempre, mi primera reacción es de sentirme culpable por mi hijo, como si dejarle un hueco en este mundo fuera un favor que tengo que pedir a los demás. Así que me apresuré a ayudarle a terminar el recorrido para que no entorpeciera a los demás, aunque se veía que tu hijo es todavía puro y ni se quejaba por tener que esperar unos segundos antes de que llegara su turno. 

Pero te voy a decir algo. Nadie es bueno en todo. Todos necesitamos ayuda en algún momento, y lo que has transmitido a tu hijo es que pedir ayuda es sinónimo de fracaso. También le has sugerido, con tu comportamiento, que los más lentos se tienen que apartar. Ten en cuenta que en algún momento tu hijo, como cualquiera de nosotros, será más lento en algo. Comentarios como el tuyo harán que se sienta un inútil y le dará vergüenza pedir ayuda. En las cosas que se les dan bien podrá parecerle normal tomársela con el torpe de turno en lugar de echarle una mano. Si esta no es tu intención, piénsatelo la próxima vez que toparás con alguien un poco más lento o un poco más torpe. Tendrás una buena ocasión para enseñar a tu hijo la paciencia e incluso a emplear el tiempo sobrante para ayudar a alguien. Así, a lo mejor, la vida para los que son como mi hijo será algo menos complicada.

 

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Quest’estate, la prima che ci siamo davvero goduti con Diego, un giorno siamo andati a un parco con vari percorsi “avventura” che consistevano nel superare vari ostacoli (ponti sospesi, travi, reti, zip-lines…). Naturalmente per noi le sfide cominciavano molto prima…entrare in biglietteria a comprare i pass (con la corrispondente fila e tempo di attesa), mettere l’imbragatura e il casco, ascoltare la dimostrazione dell’istruttore, e realizzare il percorso nell’ordine corretto, senza tornare indietro e accettando i continui cambi di posizione dei moschettoni di sicurezza.

Dopo aver anticipato a Diego tutta la sequenza, e con la familiare e onnipresente ansia che ci accompagna in ogni uscita, abbiamo superato senza crisi tutti i passi previ e abbiamo cominciato il percorso. Diego era entusiasta. Quando qualcosa gli piace, gli si disegna in visto un’espressione speciale, tra il sorriso e la concentrazione, e ciò è presagio di un’esperienza che finirà bene. E così è stato…ha ripetuto il percorso decine di volte, imparando poco a poco a sganciare e agganciare da solo i moschettoni di sicurezza ad ogni ostacolo, e passando dalla ecolalia auto-calmante dei primi tre giri a piccole frasi sempre più inerenti a quello che stava facendo. La sua motricità fina non è delle migliori, e maneggiare i moschettoni gli costava uno sforzo tremendo….non riusciva a posizionarli bene e ad azionare il meccanismo di apertura allo stesso tempo, si pinzava le dita, non imbroccava il cavo d’acciaio…però continuava a insistere con una perseveranza feroce, e a me costo uno sforzo enorme di volontà evitare di intervenire, anche quando in un’occasione ci provò 23 volte di seguito prima di riuscirci.

Tra gli ostacoli del percorso ho avuto l’occasione di vedere come si seminano la competitività e l’intolleranza, e anche se in quel momento decisi di concentrami su quanto stava conquistando Diego e su quanto si divertiva, mi sarebbe piaciuto spiegare un paio di cose al papà che avevamo accanto.

Al padre del bambino di fianco

Ciao, alcune settimane fa i nostri figli sono capitati insieme nello stesso percorso avventura. Il tuo, di forse 4 anni, andava proprio dietro al mio, di 6. La differenza di agilità tra i due bambini era più che evidente, e comprendo perfettamente che ti sentissi orgoglioso che tuo figlio apparisse come uno scalatore sperimentato confronto al mio. Capisco anche che il fatto che tuo figlio sganciasse e agganciasse i moschettoni con la rapidità di un alpinista, mentre il mio (grande il doppio) ci provava mille volte e nemmeno ci riusciva, ti facesse sentire orgoglioso. Non ti incolpo per aver sottolineato l’agilità di tuo figlio con commenti su quanto fossero facili gli ostacoli e sulla rapidità con cui bisognasse superarli, anche se é stato poco delicato farlo davanti a un bambino che evidentemente non aveva lo stesso dono.

Suppongo che non ti sia accorto che mio figlio aveva qualche difficoltà, e che tu abbia pensato che quel bambino probabilmente aveva vissuto 6 anni davanti alla tele, pero in realtà non cambia nulla. Quando mio figlio, col sorriso più solare del mondo, ha chiesto aiuto a suo padre per superare un tratto un pochino più complicato del percorso, e tuo figlio (per imitazione) ha fatto lo stesso con te, con la risposta che gli hai dato (con un tono più alto del necessario) hai seminato la piantina della discriminazione. “EH? Non vorrai che ti aiuti per quella stupidaggine! Fallo da solo, che sei capace.” Cioè: il bambino che va davanti a te, oltretutto più grande, è stupido perché oltre a rallentarti con la sua evidente imbranataggine, chiede aiuto a suo papà.

Meno male che Diego non capta queste indirette e probabilmente nemmeno ti ha sentito, concentrato com’era nella sua ecolalia. Io invece ti ho sentito, e se ho fatto finta di niente è perché, come sempre, la mia prima reazione è quella di sentirmi in colpa per mio figlio, come se lasciargli una nicchia in questo mondo fosse un favore che devo chiedere agli altri. Perciò ci siamo affrettati ad aiutarlo a finire il percorso in modo che non desse fastidio agli altri, anche se si notava che tuo figlio era ancora puro e non gli importava dover aspettare qualche secondo in più prima che arrivasse il suo turno.

Ma ti avviso. Nessuno è bravo in tutto. Tutti abbiamo bisogno di aiuto in qualche momento, e quello che tu hai trasmesso a tuo figlio è che chiedere aiuto è sinonimo di sconfitta. Gli hai anche fatto capire, col tuo comportamento, che i più lenti si devono levare di mezzo. Attento perché prima o poi tuo figlio, come qualsiasi persona, sarà più lento degli altri in qualcosa. Commenti come il tuo lo faranno sentire stupido e si vergognerà di chieder aiuto. Nelle cose in cui sarà bravo potrà sembrargli normale prendere in giro l’imbranato di turno invece di dargli una mano. Se questa non è la tua intenzione, pensaci bene la prossima volta che incontrerai qualcuno più lento. Sarà una buona occasione per insegnare a tuo figlio la pazienza e magari a impiegare il tempo d’attesa nell’aiutare qualcuno. E forse la vita per le persone come mio figlio sarà un po’ meno difficile.

El punto de corte

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Cada año desde el primer diagnóstico volvemos al mismo centro para la actualización. Hay casos en los que un diagnóstico temprano y una intervención adecuada logran el reto de alcanzar habilidades suficientes para perder el diagnóstico. Y al principio estábamos obsesionados con la puntuación, nuestro único propósito en la vida era que saliera del diagnóstico, ganando un punto tras otro en la escala que establece un continuo entre normalidad y autismo. Toda nuestra energía estaba invertida en alcanzar el punto de corte. En mi imaginación, en la actualización de los 6 años estaríamos fuera del diagnóstico y listos para olvidarnos del autismo.

En un mes, tendremos la cuarta actualización. Diego tendrá 6 años. Viajaremos bastante serenos. Ya sabemos que no va a perder su diagnóstico de autismo, y que esto no va a pasar nunca, a pesar del esfuerzo titánico de los tres, y de todas las personas que nos acompañan. Iremos porqué siempre salimos de ahí con una idea precisa de sus progresos y de sus dificultades, que se modifican según se hace mayor. Esto no quiere decir que Diego no esté avanzando. Sus habilidades mejoran, su desarrollo progresa. Todo lo que se puede medir como “capacidades adaptativas” (es decir, enfrentarse a las situaciones cotidianas y saber responder de la forma más eficaz) va progresando. A pesar de su autismo, cuyos síntomas se van mitigando, pero ahí está, dentro del espectro y más allá del punto de corte. Sabemos que siempre estará ahí. Lo que no sabemos, ni nosotros ni nadie, es que vida va a tener.

A pesar de la imposibilidad de definir a una persona en base a puntuaciones obtenidas en pruebas diagnósticas, Diego se sitúa en lo que se suele llamar “autismo de alto funcionamiento”, es decir sin discapacidad intelectual. En realidad, sus capacidades en ciertas áreas (lectura, escritura, matemáticas) son bastante elevadas. En el imaginario común, estas situaciones hacen pensar en niños “prodigio” que son como pequeños adultos que en lugar de jugar con los legos leen tratados con 6 años, pasan el día solucionando ejercicios de física en un cuaderno y saben de medicina más que un estudiante universitario. Los habrá que hacen todas esas cosas, pero no es nuestro caso. Es verdad que Diego aprendió los números por su cuenta siendo muy pequeño, pero se pasaba horas girando obsesivamente las hojas de los libros para ver los números de página, si no le cortábamos. Horas, tardes enteras, haciendo siempre lo mismo y totalmente desconectado del mundo.  Cuando aprendió a escribirlos, se podía sentar con su pizarra magnética y escribir números, borrarlos, siempre de la misma forma y con el mismo orden, durante horas sin parar. Memorizó las tablas de multiplicar y las recitaba sin parar y sin atender a nada más. Cuando teníamos que sacarle de esos bucles o intentábamos variárselos se enfadaba muchísimo. Aprendió solo a leer y sabíamos que podía leer cualquier palabra, pero buscaba siempre la misma palabra en el mismo cuento. Y cuando nos dimos cuenta de que sabía sumar y restar, fue porqué lo hizo en ciertos momentos puntuales, e incluso pudimos entrar en el juego proponiendo nosotros algunos cálculos, para atraerle en la interacción, pero al rato volvía a sus actividades repetidas sin mucho sentido.

Nos dimos cuenta de que su cerebro tenía facilidad para aprender ciertas cosas y que posiblemente tenía ahí algún potencial pero estaba clarísimo que, de por si solo, no se desarrollaría en nada funcional. Podría pasarse el resto de su vida sumando en su cabeza o escribiendo y borrando los números de 1 al infinito, o leyendo los ingredientes en la caja de cereales. Sí que llamaba la atención cuando cogía una lista de la compra y se ponía a leer las palabras, pero lo mismo podría estar haciendo eso con 35 años. Aunque ahora sus capacidades matemáticas han avanzado aún más y sin tenerle que enseñar, niños varios años más pequeños que el ya pueden contar con todo lujo de detalles como ha sido su día en clase, mientras que para nosotros su vida en el colegio es un misterio absoluto, puesto que si le preguntamos tenemos suerte si nos contesta con una palabra. Y, es evidente, de poco le servirán sus capacidades si no las sabe utilizar en un contexto funcional y si no será capaz de comunicarse y relacionarse con las personas, pues todo el mundo aprende a sumar y restar en algún momento, aunque quizás él lo haga más rápidamente.

Sin embargo, sabemos que tenemos entre manos un diamante en bruto. Sabemos que, si ese potencial se desarrolla de una forma funcional, a la par que un mínimo de habilidades sociales y comunicativas, podría ser su pasaporte para una vida independiente. Podría ser muy bueno en algo. Podría saberlo aplicar a algo útil. Podría encontrar su sitio en la sociedad. Todo depende de cuánto seamos capaces de estimular su lenguaje, de ablandar su rigidez y de forjar su desarrollo social.  Y muchas veces, cuando vislumbramos su potencialidad que podría florecer como quedarse en otro bucle más, nos sentimos tan torpes como si quisiéramos tallar una joya usando un hacha.

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Ogni anno dalla prima diagnosi torniamo allo stesso centro per l’attualizzazione. Ci sono casi un cui una diagnosi precoce e un intervento adeguato vincono la sfida di raggiungere abilità sociali sufficienti da uscire dalla diagnosi. E all’inizio eravamo ossessionati con il punteggio. Il nostro unico proposito nella vita era che perdesse la diagnosi, conquistando un punto dopo l’altro nella scala che stabilisce un continuum tra autismo e normalità. Tutte le nostre energie erano investite nel raggiungere il valore soglia. Nella mia immaginazione, nell’attualizzazione dei 6 anni d’età saremmo stati fuori dalla diagnosi e pronti per cominciare una nuova vita senza l’autismo.

Tra un mese andremo a realizzare la quarta attualizzazione. Diego avrà 6 anni.  Viaggeremo abbastanza sereni. Sappiamo già che non perderà la sua diagnosi di autismo, e non la perderà mai, nonostante lo sforzo titanico di tutti e tre, e di tutte le persone che ci accompagnano. Andremo perché sempre usciamo da lì con un’idea precisa dei suoi progresso e delle sue difficoltà, che si modificano man mano che cresce. Questo non vuol dire che Diego non stia avanzando. Le sue abilità migliorano, il suo sviluppo progredisce. Tutto ciò che si può misurare come “capacità adattative” (cioè, affrontare le situazioni quotidiane e saper rispondere nel modo più efficace) va migliorando. Nonostante il suo autismo, i cui sintomi si alleviano poco a poco, ma è lì, nello spettro, oltre il valore soglia.  Sappiamo che starà sempre lì. Quello che non sappiamo, ne noi ne nessun altro, è che vita avrà.

Nonostante l’impossibilità di definire una persona sulla base di punteggi ottenuti in test diagnostici, Diego si situa in quello che si definisce “autismo ad alto funzionamento”, cioè senza disabilità intellettuale. In realtà, le sue capacità in certe aree (lettura, scrittura, matematica) sono abbastanza elevate. Nell’immaginario comune, queste situazioni fanno pensare a “bambini prodigio” che sono come piccoli adulti che invece di giocare con i lego leggono trattati a 6 anni, passano il tempo libero risolvendo problemi di fisica su un quaderno e conoscono la medicina meglio di uno studente universitario. Ci saranno anche quelli che fanno queste cose, ma non è il nostro caso. É vero che Diego imparò i numeri da solo quando era molto piccolo, ma passava le ore sfogliando ossessivamente i libri per vedere i numeri di pagina, se non lo distoglievamo. Ore, pomeriggi interi, facendo sempre la stessa cosa e totalmente sconnesso dal mondo. Quando imparò a scriverli, poteva star seduto con la sua lavagnetta magnetica a scrivere numeri, cancellarli e riscriverli, sempre nello stesso modo con lo stesso ordine, per ore senza fermarsi. Memorizzò le tabelline e le recitava senza fermarsi e senza percepire nient’altro. Quando dovevamo tirarlo fuori da questi loop o cercavamo di variarglieli si arrabbiava moltissimo. Imparò a leggere e sapevamo che sapeva leggere qualsiasi parola, ma lui cercava sempre la stessa nello stesso libro. E quando ci accorgemmo che sapeva sommare e sottrarre, fu perché lo fece in certi momenti puntuali, e riuscimmo perfino entrare nel suo gioco proponendo alcuni calcoli per attrarlo nell’interazione, ma dopo un po’ tornava alle sue attività ripetitive senza molto senso.

Ci accorgemmo che il suo cervello aveva una predisposizione per imparare determinate cose e che forse aveva un certo potenziale ma era chiarissimo che, per conto suo, non si sarebbe sviluppato in nulla di funzionale. Poteva passare il resto della sua vita facendo calcoli mentali o scrivendo e cancellando numeri dall’1 all’infinito, o leggendo gli ingredienti delle scatole di cereali. É vero che stupiva quando prendeva una lista della spesa e si metteva a leggerla ad alta voce, ma potrebbe essere lì a fare lo stesso a 35 anni. Anche se ora le sue capacità matematiche sono avanzate ulteriormente senza che gli insegnassimo niente, bambini di due o tre anni più piccoli sono in grado di raccontare in estremo dettaglio cos’hanno fatto all’asilo, mentre per noi la sua vita in classe è un mistero assoluto, visto che se glielo chiediamo siamo fortunati se ci risponde con una parola. E, è evidente, a poco gli serviranno le sue capacità se non sa usarle in un contesto funzionale e se non sarà capace di comunicare e di relazionarsi con le persone, visto che tutti prima o poi imparano a sommare e sottrarre, anche se lui lo fa più rapidamente.

Tuttavia, sappiamo che abbiamo tra le mani un diamante grezzo. Sappiamo che, se quel potenziale si sviluppa in un modo funzionale, insieme a un minimo di abilità sociali e comunicative, potrebbe essere il suo passaporto per una vita indipendente. Potrebbe essere bravo a fare qualcosa. Potrebbe saperla applicare a qualcosa di utile. Potrebbe trovare il suo posto nella società. Tutto dipende da quanto siamo capaci di stimolare il suo linguaggio, di ammorbidire la sua rigidità e di forgiare il suo sviluppo sociale. E spesso, quando intuiamo il suo potenziale che potrebbe fiorire come restare solo un altro loop, ci sentiamo goffi come chi cerca di intagliare un gioiello usando un’ascia.

2 de abril, día del autismo

El lema de este año es “rompamos juntos las barreras para el autismo”. En estos últimos 4 años Diego ha roto muchas barreras, muchas más de las que nos imaginamos al comenzar este camino, y ha sido un valiente pionero en algunos proyectos de inclusión. Tiene por delante muchos otros obstáculos, pero las verdaderas barreras que nos quedan por romper son, sobre todo, nuestras.

El miedo que tiñe cada nuevo reto, la rabia por tener que luchar tanto, la envidia a los demás por fácil que es ser padres cuando no hay problemas, la frustración por no ser los padres que queríamos, el cansancio que nos hace olvidar todo lo que ya hemos conquistado, la ansiedad incluso en los buenos momentos, la incapacidad de estar a la altura de los momentos malos, el sentimiento de culpabilidad por sentir todo lo anterior.

Este vídeo quiere ser, sobre todo, un grito de batalla para nosotros, para recordarnos que podemos con todo y que en este camino hay tantas buenas sorpresas. La canción, desde el primer día que la oímos hace 3 años, nos pareció escrita para nosotros, y me inspirò el título de este blog.

Camino de la frontera (Maldita Nerea)

He perdido sin quererlo los papeles que me diste antesdeayer  
Donde estaban los consejos que apuntamos pa´que todo fuera bien
Y ahora estamos camino de la frontera disfrutando a poquitos la vida entera
Así que tengo que encontrarte para verte y que me digas otra vez

Y necesito una ayudita una palabra que me pueda convencer
Y cuando me hablas la montaña es más pequeña y no se mueve cada vez
Que dice que cruzamos camino de la frontera disfrutando a sorbitos la luna llena
Como no voy a mojarme si aquí dentro nunca deja de llover…Aquí no para de llover

Y si seguimos con el plan establecido
Nos cansaremos al ratito de empezar
Probablemente no encontremos el camino
Pero nos sobrarán las ganas de volar…Nuestras ganas de volar

Y que fácil es perderse de la mano madre mía agárrate
Que el vacío de ese vaso no se llena si no vuelves tú a querer
Y pasa cuando estamos camino de la frontera pobrecita cansada la vida queda…
Como no voy a cansarla si no paro y nunca dejo de correr
Y si no paro de correr

Improvisemos un guion definitivo
Que no tengamos más remedio que olvidar
Que acerque todas las estrellas al camino
Para que nunca falten ganas de soñar
Y suena bien, parece que nos hemos convencido
Solo tenemos que perder velocidad
Hace ya tiempo que no estamos divididos
Algo sobraba cuando echamos a volar…cuando echamos a volar
Y sé que sé, que suena diferente
En tu futuro en su pasado en mi presente

Y hemos sobrevivido aunque no sé bien a qué
Y es que andábamos tan perdidos que no podíamos ver
La alegría que se lleva el miedo
Los buenos ratos el sol de enero
Ver contigo cada amanecer
Pensando

Cuenta hasta tres, empiezo yo primero
y así el efecto del disparo es más certero
y ya me sigues tu quitándole la prisa, mirando como la tortuga te hipnotiza
y nadie se hará el camino sin suerte, que aquí lo malo en algo bueno se convierte
existe un sendero y te has convencido, así que empiézalo conmigo y echaremos a volar
Y echaremos a volar

Nadie se haré el camino sin suerte
Que aquí la pena en pedacitos se convierte
Te aguarda un mundo entero
no le hagas esperar

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Lo slogan di quest’anno è “rompiamo insieme le barriere per l’autismo”. In questi ultimi 4 anni Diego ha rotto molte barriere, molte più di quelle che ci potevamo immaginare quando abbiamo cominciato questo cammino, ed è stato un coraggioso pioniere in alcuni progetti di inclusione. Ha davanti ancora molti ostacoli, ma le barriere reali che ci restano da rompere sono, soprattutto, nostre.

La paura che tinge ogni nuova sfida, la rabbia per dover lottare tanto, l’invidia degli altri per com’è facile essere genitori se non ci sono problemi, la frustrazione per non essere i genitori che volevamo, la stanchezza che ci fa dimenticare tutto quello che abbiamo già conquistato, l’ansia anche nei momenti belli, l’incapacità di non essere all’altezza dei momenti di crisi, il sentimento di colpa per sentire tutto questo.

Questo video vuole essere, soprattutto, un urlo di battaglia per noi, per ricordarci che ce la possiamo fare e che questo cammino riserva tante belle sorprese. La canzone, dal primo momento in cui l’ascoltammo 3 anni fa, ci sembrò scritta per noi, e mi ispirò il titolo di questo blog.

Cammino della frontiera (Maldita Nerea)

Ho perso per sbaglio i fogli che mi hai dato l’altro ieri
Dove c’erano i consigli che annotammo perché andasse tutto bene
E adesso siamo sul cammino della frontiera assaporando poco a poco la vita intera
E devo trovarti per vederti e che tu mi dica ancora

E ho bisogno un aiutino una parola che mi possa convincere
E quando mi parli la montagna è più piccola e non si muove ogni volta
E dice che attraversiamo cammino della frontiera assaporando a sorsi la luna piena
Come faccio a non bagnarmi se qua dentro non smette mai di piovere…qua non smette di piovere

E se continuiamo con il piano stabilito
Ci stancheremo appena cominciato
Probabilmente non troveremo il cammino
Ma non ci mancherà la voglia di volare…la nostra voglia di volare

Che facile è perdersi mamma mia afferra la mia mano
Che il vuoto di quel bicchiere non si riempie se tu non torni a volerlo
E succede quando siamo cammino della frontiera, poverina come si stanca la vita 
E come faccio a non stancarla se non mi fermo mai e non smetto mai di correre
E se non smetto di correre

Improvvisiamo un copione definitivo
Che non ci resti altra scelta che dimenticare
Che avvicini tutte le stelle al cammino
Perché non ci manchi mai la voglia di sognare
E suona bene, sembra che ci siamo convinti
Dobbiamo solo perdere velocità
È già tanto tempo che non siamo divisi
c’era qualcosa in più quando abbiamo cominciato a volare…quando abbiamo cominciato a volare
e lo so già che suona differente
nel tuo futuro nel suo passato nel mio presente

E siamo sopravvissuti anche se non so bene a cosa
É che eravamo così perduti che non potevamo vedere
L’allegria che si porta via la paura
I momenti belli il sole di gennaio
Vedere con te che si fa mattina
Pensando

Conta fino a tre, comincio io per primo
Così l’effetto del tiro è più preciso
E poi mi segui tu, togliendomi la fretta, guardando come la tartaruga ti ipnotizza
E nessuno si farà il cammino senza fortuna, che qui il male si converte in qualcosa di buono
Esiste un sentiero e ti sei convinto, perciò comincialo con me e potremo volare
Potremo volare

Nessuno si farà il cammino senza fortuna
Che qui la pena si rompe a pezzettini
Ti attende un mondo intero
Non farlo aspettare

La tienda de los zapatos

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Este año nos hemos apuntado los tres a un curso de patinaje para familias, los viernes por la tarde. Al ver que la cosa tenía éxito, un domingo realizamos uno de nuestro más grandes deseos…hacer una ruta con las raquetas de nieve. Lo que tienen en común estas dos actividades es que suponen ponerse algo diferente en los pies. Y Diego, durante mucho tiempo, no toleró ponerse algo en los pies que no fuesen sus zapatos habituales. Un modelo concreto, un color concreto. Lo mucho que limita esto es difícil de explicar. Durante un tiempo se puede esquivar el problema comprando varios pares del mismo modelo…pero la llegada del verano, o del invierno, se convierten en momentos aterradores. Además, siempre llega el momento en el que se acaban los modelos. Y además, hay mucha vida que se queda atrás si es imposible cambiar de zapatos…los paseos en los bosques, los juegos en la nieve, salir en los días lluviosos, caminar en la playa….

Ir a comprar zapatos con Diego ha sido durante mucho tiempo una experiencia demoledora. Entrábamos en la tienda y hasta aquí bien, porqué había una alfombra con números que le encantaba. Los problemas empezaban al momento de quitarse sus zapatos raídos. Lo de probarle un modelo nuevo ya era angustioso. Se tiraba al suelo gritando y llorando y tirando patadas al aire (y a quien estuviese a tiro, aunque no golpeaba con intención) y luchaba con todas sus fuerzas para evitar que se los pusiéramos. Durante un tiempo conseguimos acabar la tarea ganándole por fuerza física, pero un día la crisis fue tan intensa y larga que todos los clientes y la dueña de la tienda se pararon mirando boquiabiertos. Tuvimos que volver al coche (a un par de km de distancia, en el medio del centro histórico) llevándole de peso, mientras gritaba y pataleaba, descalzo. Me sentí tan mal que el día después fui a la tienda a pedir disculpas por el numerito y a explicar a la dueña el problema de Diego. Su comprensión me abrió el corazón. Me dio ánimos y se dispuso a colaborar por todo lo que podía para ayudarnos. Incluso, tenía pensado tirar la alfombra de números que ya estaba muy descolorida, y en su lugar se puso a repasar los colores con rotuladores, con toda su familia, para que Diego pudiese disfrutar de ella. Siempre le estaré agradecida en el alma por esto. Paralelamente, decidimos enfrentarnos al problema. La situación había llegado a un punto en el que teníamos que reparar sus zapatos con parches de cuero rezando que no le creciera el pie muy deprisa. Iba al colegio así, con los zapatos agujereados y remendados, además, nos avisó su terapeuta, los bloqueos hay que resolverlos de pequeños, porqué con 20 años sería imposible. Juntos, nos ayudó a desarrollar una estrategia.

La anticipación, una vez más, fue la clave. Sigo asombrándome cada vez, porque siempre tengo miedo que anticipándole algo desagradable no va a querer salir de casa, directamente. Pero no. Cuando tocó volver a la tienda, Diego fue con su manual de instrucciones: una secuencia de pictogramas donde se explicaba cada paso. Después de cada acción crítica, había un premio (un rato jugando con la tablet, un gusanito). Además, le dejaríamos elegir entre dos pares diferentes. Le dejaríamos tiempo para asumir cada acción, y pasaríamos a la siguiente solo cuando hubiera recobrado la calma. Además, tenía que salir de la tienda con los zapatos puestos, y andando.

Tardamos más de una hora en la tienda. Diego luchó contra si mismo cada momento. Era impresionante ver como intentaba quitarse los zapatos viejos mientras parecía que un poderoso imán le impidiese realizar los movimientos. Era angustiado cuando fue el momento de probar los zapatos nuevos, pero el hecho de poder elegir le ayudó a aceptarlo. Dio unos pasos y enseguida se sentó para quitárselos, pero le paramos y le dejamos jugar un poco con la tablet. Le costó mucho, pasaba las imágenes de la tablet con gran nerviosismo, y volvía a intentarlo una y otra vez, dando vueltas por la tienda y tirándose al suelo, pero ganó. Para llegar hasta el coche, pusimos un vídeo de números en el teléfono y cuando intentaba quitarse los zapatos en la calle, le levantábamos y le poníamos el vídeo. Odiaba esos momentos, podía sentir los pensamientos de la gente que nos veía caminar por la calle con el niño embobado, pegado al teléfono móvil. He desarrollado una profunda antipatía a la gente que hace comentarios (o que cree tener el derecho de opinar) sobre las demás familia, los padres, los niños que tienen berrinches en los supermercados, que hablan o que no hablan, que saludan o no, que son educados o maleducados y como sus padres deciden criarlos…no se cuantas veces unos perfectos desconocidos que nos paraban en la calle me han comentado “jaja está en otro planeta” cuando le disparaban preguntas como mitralladoras y Diego, claro, ni llegaba a procesar la mitad de sus palabras.O cuantas veces han soltado burradas en el pleno de una crisis, con Diego en el suelo en el medio de la acera y nosotros intentando calmarle. Así, puse mi mejor cara de mala leche (y aseguro que llega a ser espantosa) que quitó a los paseantes cualquier gana de comentar, y condujimos a Diego durante todo el recorrido con su vídeo puesto, subimos al coche y llegamos a casa, con los zapatos nuevos en los pies.

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Quest’anno ci siamo iscritti tutti e tre a un corso di pattinaggio per famiglie, il venerdì pomeriggio. Vedendo che la cosa aveva successo,  poche domeniche fa abbiamo realizzato uno dei nostri più grandi desideri…fare un’escursione tutti e tre con le racchette da neve. Quello che hanno in comune queste due attività è il fatto di mettersi ai piedi qualcosa di diverso dal solito. E Diego, per molto tempo, non tollerò ai piedi niente di diverso dalle sue scarpe abituali. Un modello concreto, un colore concreto. Quanto ciò sia limitante è difficile da spiegare. Per un po’ di tempo si può schivare il problema comprando varie paia dello stesso modello…ma l’arrivo dell’estate, o dell’inverno, si convertono in momenti di terrore. Inoltre, sempre arriva il momento in cui si esaurisce il modello. E infine, c’è molta vita che resta indietro se è impossibile cambiarsi le scarpe…le passeggiate nei boschi, i giochi nella neve, uscire nei giorni di pioggia, camminare sulla spiaggia…

Andare a comprare le scarpe con Diego è stato per molto tempo un’esperienza devastante. Entravamo nel negozio e fin qua tutto bene, perchè c’era un tappeto con disegni di numeri che adorava. I problemi cominciavano nel momento di togliersi le sue scarpe vecchie. Provargli un paio nuovo era angosciante. Si buttava per terra gridando e piangendo e tirando calci all’aria (e a chi fosse a tiro, anche se non colpiva intenzionalmente) e lottava con tutte le sue forze per evitare che gliele mettessimo. Per qualche tempo riuscimmo a portare a termine la faccenda vincendolo con la forza fisica, ma un giorno la crisi fu talmente intensa e lunga che tutti i cilenti e la proprietaria del negozio si fermarono a guardare allucinati. Dovemmo tornare alla macchina (a un paio di chilometri di distanza, attraversando il centro storico) trasportandolo di peso, mentre gridava e si dibatteva, scalzo. Mi sentii così male che il giorno dopo andai al negozio a scusarmi per la scenata e a spiegare alla propietaria il problema di Diego. La sua comprensione mi aprì il cuore. Mi incoraggiò e fu disposta a collaborare per quelle che erano le sue possibiltà. Stava pensando di buttare il vecchio tappeto scolorito, e invece si mise a ripassare i colori con dei pennarelli, con l’aiuto di tutta la sua famiglia, perchè Diego potesse giocarci ancora. Le sarò sempre grata per questo. Paralellamente, decidemmo di affrontare il problema. La situazione era arrivata a un punto in cui dovevamo riparare le sue scarpe vecchie con strisce di cuoio sperando che non gli crescesse il piede molto in fretta. Andava a scuola così, con le scarpe bucate e rattoppate, e oltre tutto la sua terapeuta ci avvisò che questi blocchi sono da risolvere da piccoli, perchè a 20 anni sarebbe stato impossibile. Insieme, disegnammo una strategia.

L’anticipazione, di nuovo, fu la chiave. È qualcosa che continua a stupirmi, perchè ho sempre paura che anticipandogli qualcosa di sgradevole non voglia proprio uscire di casa. Invece no. Quando toccò tornare al negozio, Diego aveva con se il suo manuale di istruzioni: una sequenza di pittogrammi dove era spiegato ogni passo. Dopo ogni azione critica c’era un premio (un momento di gioco con la tablet, una patatina). Inoltre, gli avremmo lasciato scegliere tra due paia diverse. Gli avremmo dato tempo di accettare ogni azione, e saremmo passati alla successiva solo dopo che fosse riuscito a calmarsi. Infine, avrebbe dovuto uscire dal negozio con le scarpe nuove ai piedi, e camminando.

Una volta entrati, tardammo più di un’ora nel negozio. Diego lottò contro se stesso ogni momento. Era impressionante vedere come cercava di togliersi le scarpe vecchie mentre sembrava che le sue braccia fossero troppo rigide per realizzare i movimenti. Era angosciato quando fu il momento di provarsi le scarpe nuove, ma il fatto di poter scegliere lo aiutò ad accettarlo. Mosse qualche passo e immediatamente si sedette per togliersele, ma lo fermammo e lo lasciammo giocare qualche minuto con la tablet. Gli costò moltissimo, passava le immagini della tablet con grande nervosismo, e ci riprovava di nuovo, camminando per il negozio e sedendosi per terra, ma riuscì a tenerle ai piedi. Per arrivare alla macchina, caricai sul telefono un video di numeri e quando cercava di togliersi le scarpe per strada, lo rimettevamo in piedi e gli facevamo vedere il video. Odiavo quei momenti, podevo sentire il pensiero della gente che ci vedeva camminare con il bambino che protestava, incollato al telefono. Ho sviluppato una profonda antipatia per la gente che commenta (o che crede di avere il diritto di avere un’opinione) sulle altre famiglie, sui genitori, sui bambini che “fanno i capricci” nei supermercati, che parlano o che non parlano, che salutano o no, che sono educati o maleducati e su come i loro genitori decidono di allevarli…non so quante volte dei perfetti sconosciuti che ci fermavano per strada hanno detto: “ahaha è su un altro pianeta” quando gli sparavano domande a mitraglietta e Diego, chiaramente, non riusciva nemmeno a processare la metà delle loro parole. O quante volte hanno sparato idiozie nel bel mezzo di una crisi, con Diego sdraiato in mezzo al marciapiede mentre cercavamo di calmarlo.  Quindi, indossai la mia migliore faccia incazzata (e assicuro che può essere spaventosa) che tolse immediatamente ai passanti qualsiasi voglia di commentare, e accompagnammo Diego per tutto il tragitto con il suo video sul telefono, salimmo in macchina e arrivammo a casa, con le scarpe nuove ai piedi.

“La vida se vive viviéndola” (J. Tamarit)

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En verano, mientras los padres trabajan, muchos niños pasan las mañanas  en campamentos urbanos, donde juegan, hacen deporte, van a la piscina, realizan manualidades y se relacionan con sus amigos. Los niños con necesidades especiales suelen desaparecer, encerrados en casa o con los abuelos, o en campamentos  “especiales”, organizados por asociaciones de padres, donde son agrupados entre ellos y atendidos por profesionales especializados. En las aulas de vacaciones especiales estos niños están perfectamente atendidos y todo está adaptado a sus necesidades. Mi problema era que no aceptaba (y sigo sin aceptar) la idea de que mi hijo tuviese que buscar un lugar alternativo a su entorno natural por ser “especial”. Probablemente una parte de mi seguía en la fase de negación, pero me mataba la idea de apartarle del mundo “normal” para crear una bonita jaula a su medida. En ese momento me empujaba simplemente el rechazo a agruparle con otros niños con su misma mirada escurridiza y el mismo aleteo de manos. Otra parte de mi me reprochaba por quererle “hacer sufrir” al exponerle a una situación complicada, como alguien me había comentado. Me sentía muy egoísta pero a la misma vez pensaba que mi cometido era de llevarle hacía una vida independiente en la sociedad, y no me encajaba la idea de tenerle que entrenar a la vida real en un laboratorio paralelo, aunque en ese laboratorio se sentiría seguramente más a gusto y comprendido.

De nuevo, obligamos a Diego a ser pionero en un experimento de inclusión, igual que en las vacaciones de Carnaval y Semana santa, pero esta vez durante muchas semanas. El primer día de campamento, su educadora se presentó al pabellón deportivo con dos grandes maletas. Estaban repletas de juegos y materiales de reserva para llenar los tiempos muertos y los momentos de espera. Le cogió en brazos con una gran sonrisa y se lo llevó alegremente al grupo de niños. El espacio era diáfano, los niños corrían y chillaban y jugaban con una pelota (algo que Diego odiaba) mientras los monitores preparaban las actividades que acababan de decidir. Pensé en el campamento especial, cuidadosamente planificado en los días anteriores, con actividades y materiales adaptados, con paneles de anticipación de cada actividad, con los tiempos bien calculados y los espacios claramente definidos, y el apoyo de personal super especializado y formado.  Me asaltaron las dudas de nuevo. Con esa edad, cada minuto cuenta. Se ha demostrado que la intervención recibida antes de los cinco años influye enormemente sobre el posterior desarrollo en niños con autismo. ¿Le estaría negando ocasiones de progreso al evitar una atención especializada durante todas esas semanas? ¿Se pasaría las horas encerrado en sus estereotipias en un ambiente no hecho a su medida?

El éxito de aquel verano fue tan glorioso que todavía nos cuesta creerlo. Sí, el esfuerzo que le pedimos fue muy grande. Sí, hubo (pocos) días en los que participó nada más que veinte minutos, y pasó el resto del tiempo en actividades paralelas con su educadora, sin tolerar estar más tiempo con el grupo. Hubo muchos más días en los que se apartaba del grupo nada más que 20 minutos. Sí, la escasa anticipación le costaba horrores, y la continua estimulación por parte de niños que intentaban constantemente jugar con él era a veces excesiva. Sí, hubo algunas rabietas delante de todos. Pero todos los días nos llegaba algún vídeo que nos dejaba sin aliento. Diego jugando con los demás al banderín, a la zapatilla por detrás, al circuito, al juego de las sillas, a algún baile de gestos, a juegos de toda la vida. Los demás niños le dirigían, le apoyaban, iban a buscarle cuando se dispersaba y copiaban las estrategias de los adultos sin que nadie se lo dijera. Claro que los tiempos de espera le sacaban de sus casillas, pero al final del verano sabía esperar. Claro que a veces los juegos eran demasiado complejos y rápidos para el, pero su educadora sabía llevarle hasta el tope de sus posibilidades y en lugar de adaptar el juego para el, adaptaba su participación al nivel que podía alcanzar. Claro que había momentos que le superaban, y en esas ocasiones se apartaban y hacían algo diferente hasta que surgía una nueva oportunidad. Claro que a final del día estaba cansado y nervioso, pero a final del verano había interactuado y aprendido con los demás niños más de lo que podría haber hecho en otras situaciones.

En aquel momento, no quería segregar a mi hijo en un grupo de niños con autismo, y algunos pensaron que mi idea no tenía ni pies ni cabeza. Pero con los meses he empezado a oír hablar cada vez mas de modelos de intervención centrados en la familia y en el contexto natural por parte de profesionales. La idea de enseñar habilidades fuera del ambiente natural, para luego intentar implantarlas en situaciones normalizadas, se está quedando obsoleta, entre otras cosas porqué no funciona. La idea de enseñar a organizarse en la desestructuración, en lugar de adaptar y estructurar el ambiente a sus medidas (y por lo tanto, alejarles de la normalidad) está cogiendo cada vez más fuerza. La necesidad de sacar cuanto antes a estos niños fuera de su área de confort (aunque signifique aumentar el nivel de exigencia y trabajar más duro aún), para brindarles la oportunidad de ser más autónomos, es cada vez más evidente. Estos cambios no son fáciles para las familias, porqué los niños funcionan mejor en situaciones adaptadas y protegidas, y cuando les sacas de ahí, sus dificultades se hacen más evidente, dando la sensación de que realmente “no pueden”. Ed difícil también para los profesionales, porqué las estrategias dejan de funcionar tan bien, porqué hay que improvisar, porqué hay que gestionar crisis en el medio de la calle y con los demás mirando, y porqué hay que prescindir del entorno tan estructurado y controlado (y artificial) que reduce los problemas. Sin embargo, las evidencias científicas están impulsando cambios en los modelos de intervención en este sentido, hacía la capacitación familiar, la inclusión con apoyos y la enseñanza de habilidades funcionales en el contexto natural en el que se desarrollan. Esto me tranquiliza, me da esperanza y me da valor de seguir en este camino, que todavía estamos abriendo con nuestras fuerzas, cuando empujamos a Diego siempre un pasó más de sus límites.

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In estate, quando i genitori lavorano, molti bambini passano le mattinate nei grest, dove giocano, fanno sport, vanno in piscina, fanno attività manuali e si relazionano con i loro amici. I bambini con necessità speciali di solito spariscono, chiusi in casa o con i nonni, o in grest “speciali” organizzati da associazioni di genitori, dove sono raggruppati tra di loro e seguiti da professionisti specializzati. Nelle aule speciali questi bambini sono curati alla perfezione e tutto è adattato alle loro necessità. Il mio problema era che non accettavo (e non accetto tutt’ora) l’idea che mio figlio dovesse cercare un luogo alternativo al suo ambiente naturale per il fatto di essere “speciale”. Probabilmente una parte di me era ancora in fase negazionista, ma mi uccideva l’idea di allontanarlo dal mondo “normale” per creare una bella gabbia su misura. In quel momento mi spingeva semplicemente il rifiuto di segregarlo con altri bambini con lo stesso sguardo sfuggente e le mani sfarfallanti. Un’altra parte di me mi accusava di volerlo “far soffrire” all’esporlo a una situazione complicata, come mi aveva detto qualcuno. Mi sentivo molto egoista ma allo stesso tempo pensavo che il mio dovere era quello di accompagnarlo verso una vita indipendente nella società, e non mi quadrava l’idea di doverlo allenare alla vita reale in un laboratorio parallelo, anche se in quel laboratorio si sarebbe sentito sicuramente più a suo agio e compreso.

Di nuovo, obbligammo Diego a essere pioniere in un esperimento di inclusione, come nelle vacanze de carnevale e Pasqua, ma questa volta durante molte settimane. Il primo giorno di grest, la sua educatrice si presentò al centro con due enormi valigie. Erano piene di giochi e materiali di riserva per riempire i tempi morti e i momenti di attesa. Lo prese in braccio con un grande sorriso e lo portò allegramente verso il gruppo dei bambini. Lo spazio era diafano, i bambini correvano e strillavano e giocavano con una palla (cosa che Diego odiava) mentre gli animatori preparavano le attività che avevano appena scelto. Pensai nel grest speciale, pianificato con cura nei giorni precedenti, con attività e materiali adattati, con pannelli di anticipazione di ogni attività, con i tempi ben calcolati e gli spazi chiaramente definiti, e l’appoggio di personale specializzato e formato. Mi assalirono i dubbi di nuovo. A quell’età, ogni minuto conta. È stato dimostrato che l’intervento ricevuto prima dei cinque anni influisce enormemente sullo sviluppo successivo in bambini con autismo. Gli stavo quindi negando occasioni di progresso, evitando un’attenzione specializzata durante tutte quelle settimane? Avrebbe passato le ore chiuso nelle sue stereotipie in un ambiente non su misura per lui?

Il successo di quell’estate fu così glorioso che ancora adesso non ci crediamo. Sì, lo sforzo che gli chiedemmo fu molto grande. Sì, ci furono (pochi) giorni in cui non partecipò più di venti minuti, e passò il resto del tempo in attività parallele con la sua educatrice, non tollerando di stare più tempo con il gruppo. Ci furono molti più giorni nei quali si allontanava dal gruppo solo per venti minuti. Sì, la scarsa anticipazione gli costava molto, e lo stimolo continuo da parte di bambini che cercavano costantemente di giocare con lui era a volte eccessivo. Sì, ci fu qualche crisi davanti a tutti. Ma tutti i giorni ci arrivava qualche video che ci lasciava senza fiato. Diego che giocava con gli altri a ruba bandiera, al gioco delle sedie musicali, a qualche ballo con gesti, ai giochi tradizionali. Gli altri bambini lo dirigevano, lo appoggiavano, andavano a cercarlo quando si disperdeva e copiavano le strategie degli adulti senza che nessuno dovesse insegnagliele. Certo che i tempi di attesa lo facevano impazzire, ma alla fine dell’estate sapeva aspettare. Certo che a volte i giochi erano troppo complicato e veloci per lui, ma la sua educatrice sapeva portarlo al massimo delle sue possibilità e invece di adattare il gioco per lui, adattava la sua partecipazione al livello che poteva raggiungere. Certo che in alcuni momenti non ce la faceva, e in quelle occasioni si allontanavano dal gruppo e facevano qualcosa di diverso fino a che sorgeva una nuova opportunità. Certo che a fine giornata era stanco e nervoso, ma alla fine dell’estate aveva interagito e imparato con gli altri bambini più di quanto avrebbe potuto fare in alte situazioni.

In quel momento, non volevo segregare mio figlio in un gruppo di bambini autistici, e alcuni pensarono che la mia idea era insensata. Ma con il passare dei mesi ho cominciato a sentir parlare sempre più spesso di modelli di intervento centrati nella famiglia e nel contesto naturale. L’idea di insegnare abilità fuori dall’ambiente naturale, per poi cercare di trasferirle a situazioni normalizzate, sta diventando obsoleta, anche perché non funziona. L’dea di insegnare a organizzarsi nella destrutturazione, invece di adattare e strutturare l’ambiente a misura (e quindi, allontanandoli dalla normalità) sta acquistando sempre più forza. La necessità di far uscire questi bambini il più presto possibile dalla loro zona di comfort (anche se questo significa aumentare il livello di esigenza e lavorare molto più duramente) per offrirgli l’opportunità di essere più autonomi, è sempre più evidente. Questi cambiamenti non sono facili per le famiglie, perché i bambini funzionano meglio in situazioni adattate e protette, e quando li tiri fuori di lì, le loro difficoltà si fanno più evidenti, dando la sensazione che davvero “non ci riescano”. È difficile anche per i professionisti, perché le strategie non funzionano più così bene, perché bisogna improvvisare, perché bisogna gestire crisi in mezzo alla strada e con gli occhi della gente addosso, e perché bisogna rinunciare all’ambiente così strutturato e controllato (e artificiale) che riduce i problemi.  Tuttavia, le evidenze scientifiche stanno spingendo verso cambi in questo senso nei modelli di intervento, verso la formazione alle famiglie, l’inclusione con sostegno e l’insegnamento di abilità funzionali nel contesto naturale in cui si sviluppano. Questo mi tranquillizza, mi da speranza e mi da coraggio nel continuare su questa strada, che stiamo ancora aprendo con le nostre forze, quando spingiamo Diego sempre un passo più in là del suo limite.