Una hora entre muchas

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La situación fue precipitando cada día más en casa. Sin embargo, en el colegio su comportamiento se mantenía relativamente bajo control, incluso con días muy buenos, y en las sesiones de terapia no había ni rastro de los problemas que se manifestaban en casa. No sabíamos por donde cogerlo. Rellenábamos registros de comportamiento para buscar, con la terapeuta, las causas de su malestar, sin encontrar ningún patrón. Anticipábamos con pictogramas el programa de cada día, pero las crisis estallaban igual. No éramos capaces de mantener la calma, no teníamos ningún recurso para gestionar las rabietas, cada vez más frecuentes. Un día decidimos sacrificar el único momento de la semana en el que podíamos disfrutar de un niño tranquilo y receptivo, y provocamos una crisis en la sesión de terapia. En las semanas anteriores, habíamos practicado los cambios de ropa en la hora de terapia, para ver si sus problemas eran ligados a desvestirse y poner algo diferente. En esa circunstancia, nisiquiera había protestado. Era bonito de ver pero no nos ayudaba. Necesitábamos ayuda para aprender a gestionar las crisis, y para eso necesitábamos que hubiese una crisis cuando estábamos con su terapeuta.

Esa tarde, llevamos a terapia la camiseta que Diego más aborrecía. En casa, echaba a gritar con tan solo verla. Era una camiseta idéntica a las demás que tenía, sin nada que pudiese molestarle o rozar la piel, pero odiaba el dibujo por razones misteriosas. Cuando en la sesión llegó el momento del cambio de ropa, saqué la camiseta y, por fin, Diego se tiró al suelo gritando y rechazó ponérsela. La siguiente hora fue la más importante de todo el año, y entre las 10 más importantes de nuestra vida. Nuestra adrenalina se disparó pero no estábamos nosotros al mando en ese momento. Observamos como la terapeuta se desenvolvía en esa situación. Sacó el móvil y le puso un vídeo de números, como hacíamos nosotros en casa, pero no intentó engañarle poniéndole la camiseta cuando estaba distraído con el vídeo. Dejó que se calmara un poco y se acercó otra vez. Diego se fue corriendo al otro lado de la habitación y ella fue con el, con la camiseta en la mano pero sin hacer el gesto de ponérsela. Le fue persiguiendo durante unos minutos, sin presionarle pero de hecho arrinconándolo poco a poco, reduciendo cada vez el espacio entre ellos. Era fascinante ver como conseguía mantener un nivel de rabieta mucho más bajo de lo que pasaba en casa, calculando en cada momento cuanto acercarse y dejándole el tiempo para acostumbrarse a la invasión. Después de cada pasito le dejaba ver un poco de vídeo, de tal manera que el vídeo servía de premio para haber aguantado un poco de presión.

Poco a poco, fue reduciendo la distancia y empezó a acercarle la camiseta, siempre evitando que subiera el nivel de la crisis pero sin retroceder nada de lo alcanzado. Diego agarró con fuerza la camiseta para evitar que se la pusiera, pero ella en lugar de pelear para arrancársela de las manos, le dejó ver más vídeo con la camiseta en mano y fue empujándole las manos poco a poco a la cabeza. Siempre pasito a pasito, sin forzar demasiado pero sin ceder. Vente minuto después, el resultado fue que Diego, guiado por las manos de la terapeuta, se había colocado la camiseta por la cabeza, aunque haciendo resistencia, pero cediendo poco a poco, y con muchas pausas con el vídeo como premio. Intentó quitársela pero con mucha menos rabia de lo habitual, y no fue tan difícil impedírselo. Sirvieron otros 20 minutos para colocar los brazos, y un pequeño tiempo para bajar la camiseta en la barriga y evitar que se la quitara. Y luego, terminó de ver el vídeo, y se calmó. Ignoró la camiseta y se puso a hacer las siguientes tareas con una sonrisa.

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La situazione in casa precipitava di giorno in giorno. Tuttavia, a scuola il suo comportamento si manteneva relativamente sotto controllo, addirittura con momenti molto buoni, e a terapia non c’era traccia di nessuno dei problemi che manifestava in casa. Non sapevamo da dove cominciare. Riempivamo formulari di registro del comportamento per cercare, insieme alla terapeuta, le cause del suo malessere, ma non emergeva nessuno schema. Anticipavamo con pittogrammi il programma della giornata, ma le crisi scoppiavano comunque. Non riuscivamo a mantenere la calma, non avevamo nessuna risorsa per gestire le crisi, sempre piú frequenti. Un giorno decidemmo di scarificare l’unico momento della settimana in cui potevamo goderci un bambino tranquillo e recettivo, e provocammomuna crisi nella sessione di terapia. Nelle settimane anteriori, avevamo allenato i cambi di vestiti nella sessione di terapia, per vedere se i problemi erano legati a un blocco nello svestirsi e indossare qualcosa di diverso. In quella circostanza, non protestava nemmeno. Era bello da vedere ma non ci aiutava. Avevamo bisogno di aiuto per imparare a gestire le crisi, e perció era necessario che ci fosse una crisi quando eravamo insieme alla terapeuta.

Quel pomeriggio, portammona terapia una maglietta che Diego detestava. In casa gridava appena la vedeva. Era una maglietta identica alla altre che aveva, non gli dava fastidio e non gli graffiava la pelle, ma per aqualche misteriosa ragione odiava il disegno. Quando nella sessione arrivó il momento del cambio di vestiti, tirai fuori la maglietta dalla borsa e, finalmente, Diego si buttó per terra gridando, rifiitando di mettersela. L’ora successiva fu la più importante di tutto l’anno, e tra le 10 più importanti della nostra vita. La nostra adrenalina schizzó alle stelle ma non eravamo noi i responsabili in quel momento. Osservammo come la terapeuta si muoveva in quella situazione. Prese il suo cellulare e caricó un video musicale di numeri, come facevamo noi in casa, ma non cercó di ingannarlo infilandogli la maglietta a tradimento mentre era distratto con il video. Aspettó che si calmasse un pochino e si avvicinó. Diego scappó di corsa all’angolo piú lontano della stanza e lei lo seguí, con la maglietta in mano ma senza fare il gesto di infilargliela. Lo inseguí per alcuni minuti, senza fare pressione ma di fatto chiudendolo in un angolo riducendogli lo spazio. Era incredibile vedere come riusciva a mantenere la crisi a un livello molto piú basso di quello che succedeva in casa, calcolando in ogni momento quanto avvicinarsi e lasciandogli il tempo di abituarsi all’invasione. Ad ogni passo gli lasciava guardare il video per qualche momento, in modo che il video serviva come premio per aver retto un po’ di pressione.

Poco a poco, ridusse la distanza e cominciò ad avvicinargli la maglietta al corpo, sempre evitando che si innalzasse il livello della crisi ma senza retrocedere sul terreno conquistato. Diego afferrò con forza la maglietta per evitare che gliela infilasse, ma lei invece di combattere per togliergliela, gli lasciò vedere un po’ di video con la maglietta in mano e poi gli spinse le manine poco a poco verso la testa. Sempre un passino per volta, senza forzare troppo ma senza cedere. Venti minuti dopo, il risultato fu che Diego, guidato dalle mani della terapeuta, si era infilato la maglietta per la testa, opponendo resistenza ma cedendo poco a poco, con molte pause per vedere il video come premio. Cercó di togliersela ma con molta meno rabbia del solito, e non fu così difficile impedirglielo. Furono necessari altri 20 minuti per infilare le braccia e per abbassare la maglietta sulla pancia, ed evitare che se la togliesse. E poi, fini di vedere il video, e si calmò. Da quel momento ignorò la maglietta e si dispose a realizzare le attività restanti con un sorriso.

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