
Por estas fechas, hace 13 años, dos meses después de la primera valoración, recibimos el diagnóstico oficial de Diego. Con ese papel se desvanecía la última esperanza de que todo había sido solo una pesadilla. Tomaba cuerpo, con todas las palabras y todas las letras, la cruda realidad de una condición lo bastante seria como para dejar en un limbo de incertidumbre la posibilidad de que Diego hablase, tuviese amigos, estudiase en un colegio ordinario, alcanzase un futuro libre e independiente y una vida plena en la sociedad. Ese día todo oscureció. Se fueron la alegría, el interés, las ganas, las pasiones, incluso perdieron sentido todos los logros profesionales que costaron tanto esfuerzo. Todo lo que definía mi propia esencia dejó de existir. Mi brújula enloquecida solo apuntaba a un desesperado norte: sacar a Diego de aquel pozo o morir en el intento.
Este último año ha sido un despertar, una espiral positiva de logros que crece a la par que la altura de Diego, que ya nos mira desde la cumbre de su metro y 81. Ojalá hubiese sabido, en esos momentos terribles, que ese niño totalmente desconectado y perdido en sus bucles se convertiría en este chaval cariñoso, abierto, gracioso, despierto, curioso, deportista, simpático y valiente. Ojalá hubiese podido ver algún destello de todos los momentos extraordinarios que vendrían, pero si solo pudiese escoger uno, elegiría este.
Hace un par de años, gracias a un clamoroso malentendido acabé apuntada a una escuela de música rock. En mi vida de antes, cuando tenía la edad de Diego, me aprendí 4 acordes con la guitarra y me juntaba de vez en cuando con unos cuantos compañeros de instituto a tocar. Dos veces al año arrimábamos cuatro plataformas de mesas de clase en el patio y montábamos un concierto de alumnos. Cuando empecé la universidad todo eso quedó en el olvido. Hasta más de 30 años después. Diego ya parecía más asentado, lo de ausentarme de casa una hora dos veces a la semana ya no daba tanto miedo, y tras un momento de desconcierto por aquel error, y animada por mis chicos, decidí aprovechar esa ocasión de desconexión, si más expectativas. Solo que, al retomar esos gestos y sonidos antiguos, algo que creía muerto y reducido a cenizas empezó a vibrar, y antes de que me diese cuenta un fuego bueno volvió a arder con fuerza, ahuyentando a todo ese frío y a los pensamientos oscuros.
Sucedió que, mientras tanto, Diego experimentaba su propio despertar y, a la vez que desarrollaba un interés social cada vez más grande, se volcó con mucha motivación en las actividades que antes hacía sin mucha convicción, entre ellas la batería. En varias ocasiones hemos sido una mala influencia mutua, quitando tiempo al estudio y al trabajo para tocar juntos en casa. También sucedió que un día no nos cuadraron los horarios en familia y solo tuve dos opciones: saltarme la clase de guitarra, o llevarlo conmigo. Cuando me di cuenta de que estaba mimando la posibilidad tentadora de quedarnos en casa y evitar así posibles momentos incómodos, algún bucle o incluso algún bloqueo, lo tuve claro, me lo tenía que llevar a clase. Resulta que le encantó y no perdió ocasión de colarse en sucesivas ocasiones. Y también sucedió que mi profe de guitarra montó una jam session, y como a veces te topas con alguien que te lo pone todo muy fácil, nos ayudó a preparar algunos temas. Y como no, Diego y yo acabamos tocando, juntos o por separado, en algunas sesiones.
Por supuesto, lo de la música es un medio. Para empezar, cuando tocas no puedes estar en bucle, tienes que estar concentrado y pendiente de los demás. Además, el fin de llevar a Diego a la jam era que estuviese inmerso en un entorno social variado, practicase lo de saludar a personas conocidas y presentarse a gente nueva, generalizase aprendizajes, se enfrentase a situaciones imprevistas o medio improvisadas. A cada interacción, dar otro paso lejos del aislamiento, a cada conversación, añadir un ladrillo más a la construcción de sus habilidades comunicativas. Pero la verdad es que cuando subimos juntos al escenario por primera vez, arropados por la banda base y por los compañeros de trinchera entre el público, todo esto desapareció. Diego se sentó a la batería, marcó el compás con las baquetas y durante los siguientes 4 minutos no existió diagnóstico, ni objetivos, ni siquiera pensamiento racional. Solo hubo adrenalina, conexión, euforia y la energía del imperecedero Pacto entre caballeros de J. Sabina. Y si es verdad que en estos 13 años hemos estado a veces más cerca de morir en el intento que de salir del hoyo, ahí nos sentimos más vivos que nunca. En una de esas simetrías de la vida que a veces parecen tener algún sentido, me acordé del primer evento de comunicación deliberada de Diego, el día que nos trajo el pictograma con el que pedía escuchar música.
Diego, estás madurando y vas entendiendo muchas cosas. Se que algún día te enfadarás conmigo, y con razón, al darte cuenta de cuanto he apretado la tuerca en estos años y de todos mis fallos…espero que ese día te acordarás de que también hemos sido colegas. A vosotros, chavales de la banda , y sobre todo

, solo puedo decir que SOIS LA CAÑA. Gracias por regalarnos vuestro tiempo, por tapar mis errores, por hacer sentir a Diego tan valorado y por ser – además de músicos impresionantes- tan buena gente.
**************************
Circa 13 anni fa, due mesi dopo la prima valutazione, ricevemmo la diagnosi ufficiale di Diego. Con quel foglio, l’ultimo barlume di speranza che fosse stato tutto solo un incubo svanì. La cruda realtà di una condizione abbastanza grave da gettare in un limbro di incertezza la possibilitá che Diego parlasse, avesse amici, frequentasse una scuola ordinaria, si costruisse un futuro libero e indipendente e vivesse una vita piena nella società divenne chiara. Quel giorno, caló il buio. Allegria, interesse, entusiasmo, passioni, tutto svanì. Persino tutti i successi professionali raggiunti con tanta fatica persero di significato. Tutto ciò che definiva la mia essenza cessò di esistere. La mia bussola impazzita puntava solo verso un unico, disperato nord: tirare fuori Diego da quel pozzo o morire nel tentativo.
Quest’ultimo anno è stato un risveglio, una spirale positiva di successi che cresce di pari passo con l’altezza di Diego, che ora ci guarda dall’alto dei suoi 1,81 metri. Avrei voluto sapere, in quei momenti terribili, che quel bambino completamente isolato, perso nei suoi pensieri, sarebbe diventato questo ragazzino affettuoso, aperto, divertente, intelligente, curioso, atletico, amichevole e coraggioso. Avrei voluto poter intravedere tutti gli straordinari momenti a venire, ma se potessi sceglierne solo uno, sceglierei questo.
Un paio d’anni fa, a causa di un clamoroso malinteso, mi sono ritrovata iscritta a una scuola di musica rock. Nella mia vita di prima, quando avevo l’età di Diego, avevo imparato quattro accordi di chitarra e mi ritrovavo con alcuni amici del liceo per suonare. Due volte all’anno, univamo quattro piattaforme di cattedra nella palestra della scuola e organizzavamo un concerto di alunni. Quando cominció l’università, tutto ciò finí nel dimenticatoio. Fino a più di 30 anni dopo. Diego sembrava più tranquillo, l’idea di stare fuori casa per un’ora due volte a settimana non spaventava più così tanto, e dopo un attimo di smarrimento per quell’errore, e incoraggiato dai miei uomini, decisi di approfittare di quest’occasione di distrazione, senza ulteriori aspettative. Solo che, riprendendo quei vecchi gesti e quei vecchi suoni, qualcosa che credevo morto e ridotto in cenere inizió a vibrare, e prima che me ne rendessi conto, un fuoco buono riprese ad ardere, scacciando il freddo e i pensieri oscuri.
Nel frattempo, Diego stava vivendo il suo personale risveglio e, oltre a sviluppare un crescente interesse per le relazioni sociali, si dedicò con entusiasmo ad attività che prima aveva intrapreso con poca convinzione, tra cui suonare la batteria. Ci siamo influenzati negativamente a vicenda in diverse occasioni, sacrificando tempo di studio e lavoro per suonare insieme a casa. Un giorno, accadde che i nostri orari familiari si sovrapposero e mi ritrovai con due sole opzioni: saltare la mia lezione di chitarra o portar Diego con me. Quando mi resi conto che stavo cedendo alla tentazione di rimanere a casa per evitare potenziali momenti imbarazzanti, blocchi o addirittura crisi, capii che non avevo scelta: dovevo portarlo alla lezione. Soprendentemente andó tutto a meraviglia e da quel momento non ha perso occasione per intrufolarsi. Pochi mesi fa, il mio insegnante di chitarra organizzó una jam session e, siccome a volte nella vita si incontra qualcuno che rende tutto molto facile, ci ha aiutato a preparare qualche canzone e io e Diego abbiamo suonato insieme in alcune di queste sessioni.
Chiaramente, la musica è un mezzo, non il fine. Innanzitutto, quando suoni, non puoi rimanere intrappolato in un loop; devi stare concentrato e attento agli altri. Inoltre, lo scopo di portare Diego alla jam session era quello di immergerlo in un ambiente sociale variopinto, in modo che si esercitasse a salutare le persone che conosceva e a presentarsi a quelle nuove, a generalizzare ciò che aveva imparato e ad affrontare situazioni inaspettate o semi-improvvisate. Con ogni interazione, si sarebbe allontanato di un passo dall’isolamento; con ogni conversazione, avrebbe aggiunto un altro tassello alla costruzione delle sue capacità comunicative. Ma la verità è che, quando siamo saliti sul palco insieme per la prima volta, accompagnati e protetti dalla banda, e dai nostri compagni di trincea tra il pubblico, tutto ció è svanito. Diego si è seduto alla batteria, ha marcato il ritmo con le bacchette e, per i successivi quattro minuti, non ci sono stati diagnosi, obiettivi, nemmeno pensieri razionali. C’erano solo adrenalina, connessione, euforia e l’energia dell’intramontabile «Pacto entre caballeros» di J. Sabina. E se è vero che in questi 13 anni a volte siamo stati più vicini a morire nel tentativo, che a uscire dal pozzo, in quel momento siamo stati più vivi che mai. In una di quelle simmetrie della vita che a volte sembrano avere un senso, mi è tornato in mente il primo atto di comunicazione consapevole di Diego, il giorno in cui ci portò il pittogramma con cui chiedeva di ascoltare della musica.
Diego, stai maturando e stai cominciando a capire molte cose. So che un giorno, giustamente, ti arrabbierai con me, quando ti renderai conto di quanto ti ho messo sotto pressione in questi ultimi anni e di quante volte ho sbgaliato… Spero che quel giorno ti ricorderai che siamo stati anche compagni. A voi ragazzi della band , e
Posso solo dire che SIETE GRANDIOSI. Grazie per averci regalato il vostro tempo, per aver coperto i miei errori, per aver fatto sentire Diego così apprezzato e per essere- non solo musicisti incredibili – ma soprattutto cosí brava gente.