Miradas fugaces

La mirada de Diego siempre ha sido penetrante. Pero fugaz. Ya desde que era un bebé, sus ojos se movían rápidamente de una cosa a la otra como si tuvieran mucha prisa de registrarlo todo. Sin embargo, a veces se concentraba en algo (por ejemplo, una figura o un juguete) y pasaba mucho tiempo observándolo con extrema intensidad. Aunque miraba las caras de las persona, sobre todo antes de empezar a andar, pocas veces capturaban su atención. Sin embargo, cuando lograbas engancharle (y al principio no era difícil), disfrutaba muchísimo de la interacción, riéndose a carcajadas y clavándote la mirada como un imán.

Nosotros siempre nos hemos preguntado que pasaría detrás de esa mirada fugaz pero concentrada, que parecía escanearlo todo con mucha urgencia. Es verdad que prestaba poca atención a las personas, llegando progresivamente a comportarse como si no oyera que alguien le estaba llamando, pero no daba la impresión de estar perdido en un mundo suyo, sino demasiado concentrado en este. Justo antes de que se quedase totalmente atrapado, vimos lo que estaba pasando y empezamos a lanzar cebos como locos para traerle otra vez a nuestra orilla. Los cebos servían para atraer su mirada y hacer que se centrara en las caras de las personas encontrando en ellas algo interesante, y también para enseñarle que mirar a los ojos podría ser una herramienta de comunicación.

Cantábamos canciones que le gustaban y nos callábamos justo antes de una palabra clave para sorprenderle, y hacer que nos mirara antes de reanudar la canción. Al darle de comer, parábamos la cuchara cerca de nuestra cara justo cuando abría la boca, para que al notar que la comida no llegaba cuando se la esperaba, nos mirara a los ojos y justo en ese momento recompensarle con su cucharada de yogurt. Al cambiarle el pañal, nos poníamos a jugar al cucu o cualquier cosa que le hiciese reír, creando momentos de espera para atraer su mirada antes de seguir. En el bañito, hacíamos rodar pequeños juguetes dentro de un tubo de plástico hasta que se caían al agua salpicándole (que le encantaba) y él nos tenía que mirarnos antes de introducir el siguiente juguete en el tubo. Si miraba un cuento, poníamos una mano encima para que nos mirara antes de dejarle pasar la página. Si quería que se lo leyésemos, esperábamos que nos mirase a los ojos antes de leer cada frase. Si intentaba coger un juguete, lo manteníamos en nuestra mano cerca de nuestra cara para que nos mirase antes de dárselo. Y por supuesto, cuando corría de un lado a otro de la casa, le cerrábamos el paso para que nos mirara antes de dejarle seguir. Todo esto pasaba en todo momento que estábamos con él, sin tregua, y era agotador tanto para nosotros que para él.

Al principio Diego picaba, pero el hilo era demasiado fino y se rompía en menos de un segundo. A lo largo de un día, podíamos obtener su mirada varias veces, pero por un total de algunos segundos al día. Era como pescar a un tiburón con un hilo de telaraña. Pero al lanzar y lanzar, y al añadir los hilos de las maestras, del terapista, de algunos amigos, de los familiares que cogían un avión cuando podían para estar con nosotros, cada día el hilo se hacía un poco más fuerte y aguantaba un pelín más antes de romperse. Diego seguía escapándose cada vez pero lográbamos tenerle enganchado, día tras día, algún segundo más.

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Lo sguardo di Diego é sempre stato penetrante. Ma fugace. Già da neonato, i suoi occhi si spostavano rapidamente da un oggetto all’altro come se avessero molta fretta di registrare tutto. A volte peró si concentrava su qualcosa (per esempio una figura o un giocattolo), osservandolo con estrema intensitá. Anche se guardava le persone in viso, soprattutto prima di cominciare a camminare, poche volte catturavano la sua attenzione. Tuttavia, quando riuscivi ad attirarlo (e all’inizio non era difficile), godeva molto dell’interazione, ridendo a crepapelle e fissandoti negli occhi come inchiodato da una calamita.

Noi ci siamo sempre chiesti cosa ci fosse dietro quello sguardo fugace ma concentrato, che sembrava fotografare tutto con molta urgenza. É vero che prestava poca attenzione alle persone, arrivando progressivamente a comportarsi come se non sentisse che qualcuno lo stava chiamando, ma non dava l’impressione di essere perso in un mondo tutto suo, piuttosto di essere troppo concentrato in quello vero. Appena prima che ne fosse risucchiato totalmente, ci accorgemmo di cosa stava succedendo e cominciammo a lanciare esche come pazzi per trascinarlo di nuovo verso la nostra sponda. Le esche servivano per attirare il suo sguardo e fare in modo che si concentrasse sui visi delle persone trovando in essi qualcosa di interessante, e anche per insegnargli che guardare negli occhi poteva essere uno strumento di comunicazione.

Cantavamo canzoni che gli piacevano e ci interrompevamo appena prima di una parola chiave per soprenderlo, e fare un modo che ci guardasse prima di ricominciare a cantare. Quando gli davamo da mangiare, fermavamo il cucchiaio vicino al nostro viso proprio mentre apriva la bocca, in modo che, notando che la pappa non arrivava quando se lo aspettava, ci guardasse negli occhi e lo ricompensassimo proprio in quel momento con la sua cucchiaiata di yogurt. Quando gli cambiavamo il pannolino, ci mettevamo a giocare al cucú o a qualsiasi cosa che lo facesse ridere, creando momenti di attesa per attirare il suo sguardo prima di continuare. Nel bagnetto, facevamo rotolare dei giocattolini in un tubo di plastica fino a farli cadere nell’acqua con uno schizzo (cosa che adorava) e lui ci doveva guardare prima che introducessimo un altro giocattolo nel tubo. Se guardava un libretto di figure, mettevamo una mano sulla pagina perché ci guardasse prima di lasciargli girare la successiva. Se voleva che glielo leggessimo, aspettavamo che ci guardasse negli occhi prima di leggere ogni frase. Se cercava di prendere un giocattolo, lo tenevamo in mano vicino al nostro viso perché ci guardasse prima di darglielo. E ovviamente, quando correva da un angolo all’altro della casa, gli bloccavamo il passaggio perché ci guardasse negli occhi prima di lasciarlo continuare. Non gli davamo tregua, ed era estenuante per noi e per lui.

All’inizio Diego abboccava, ma il filo era troppo fine e si rompeva in meno di un secondo. In una giornata, catturavamo il suo sguardo varie volte, ma per un totale di una manciata di secondi al giorno. Era come pescare un marlin con un filo di ragnatela. Ma continuando a lanciare a lanciare l’esca, e aggiungendo il filo delle sue maestre, del terapista, di alcuni amici, dei familiari che ci raggiungevano in aereo appena potevano, di giorno in giorno il filo si rinforzava e reggeva un po’ di piú prima di rompersi. Diego continuava a scapparci ogni volta ma riuscivamo a tenerlo agganciato, giorno per giorno, qualche secondo in piú.

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