Campo a través

Los modelos de intervención más utilizados en las últimas dos décadas se basan en un enfoque cognitivo-conductual, donde se intenta fomentar el aprendizaje de las habilidades comunicativas y de comportamiento deficitarias. En general, se trata de modelos basados en currículos de habilidades, donde los aprendizajes son divididos en categorías (comunicación receptiva, expresiva, motricidad gruesa y fina, habilidades cognitivas, habilidades sociales), cada una con una serie de objetivos ordenados por pequeños pasos consecuenciales. Para subir en la escalera de los objetivos, hay que seguir una serie de pasos y de estrategias, utilizando materiales específicos y trabajando en sesiones uno a uno durante muchas horas al día. Idealmente, las sesiones son impartidas por un profesional (cada modelo tiene su escuela de formación y acreditación de terapistas). Es como alcanzar una etapa a la vez a lo largo de un recorrido marcado, donde al niño se le ofrecen todos los apoyos posibles para alcanzar cada objetivo. Nuestro terapista, sin embargo, era un todoterreno.

“Antes de correr hay que aprender a andar –nos decía – pero si te la arreglas bien con una muleta, no te voy a meter en una silla de ruedas”. Esta era la metáfora con la que explicaba su filosofía de dar solo los apoyos necesarios, y empezar a retirarlos en cuanto fuese posible. Su visión se acercaba más a los más recientes modelos “ecológicos” donde los aprendizajes críticos ocurren en los entornos naturales (en casa, en la guardería, en el colegio) y los modelos de referencia son los padres, la familia, las maestras, los compañeros. El papel del terapista es el de ayudar a la familia, el colegio, el entorno social a generar estrategias para fomentar el desarrollo del niño, y su espontaneidad. Prácticamente, todos se transforman en terapistas, y las experiencias cotidianas son el gimnasio para el aprendizaje.

Comparado con  los modelos más estructurados, lo que hacíamos era (y es) el doble de difícil. Para empezar, dar botes en un sendero llenos de baches cuando estás herido de bala no es lo más entretenido del mundo. A menudo soñábamos con entregarle a Diego durante 5 horas al día y retirarlo reparado al final de la terapia. Pero acabamos entendiendo que ningún modelo estructurado puede alcanzar la intensidad de la full-immersion en el mundo real. La compra al supermercado, por ejemplo. Diego odiaba entrar en sitios cerrados y en lugar de dejarle en casa, como hacíamos antes del diagnóstico, empezamos a utilizar el supermercado como ocasión de superación. Para lograr entrar sin rabietas, al principio lo subíamos al carro de la compra y le dábamos un cuento para distraerle. Una vez dentro, si le bajábamos empezaba a correr por un pasillo, adelante y atrás, tocando las estanterías con la mano. Descubrimos que para evitar eso teníamos que llenar su tiempo con otra cosa. Empezamos a llevarnos una pequeña lista de la compra hecha con pictogramas (dos manzanas, dos naranjas, una caja de cereales, dos latas de tomate…). Le enseñamos a buscar los productos y a meterlos en el carro. Después de cada viaje al carro, ganaba un copo de cereales. Al principio teníamos que llevarle los dos de la mano, y afrontar varias crisis, pero después de algunas semanas empezamos a soltarle una mano, y al cabo de unos meses, pudimos acompañarle a buscar los productos sin el riesgo de que empezara a correr y a tocar estanterías. Además, le animábamos a indicar los productos correctos (pera o naranja?) y a saludar a la gente con la mano. Cuando no podía más, le subíamos al carro con su libro para dejarle descansar, pero cada vez poníamos un reto más…buscar algo que no estaba en la lista, buscar el carro cambiado de sitio, poner algunas cosas en la cinta de la caja…”Vaya ayudante tenéis!” – nos comentó una vez una empleada. Ahí empezamos a entender el sentido de ir campo a través.

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I modelli di intervento più utilizzati negli ultimi vent’anni si basano su un approccio cognitivo-comportamentale, dove si cerca di sviluppare l’apprendimento delle abilità comunicative e comportamentali deficitarie. In generale, si tratta di modelli basati su un “curriculum di abilità”, dove l’apprendimento è diviso in categorie (comunicazione recettiva, espressiva, motricità generale e fina, abilità cognitive, abilità sociali), ognuna con una serie di obbiettivi ordinati in piccoli passi consequenziali. Per risalire la scala degli obbiettivi, bisogna seguire una serie di passi e strategie, utilizzando materiali specifici e lavorando in sessioni uno a uno per molte ore al giorno. Idealmente, le sessioni sono impartite da un professionista (ogni modello ha la sua scuola di formazione e certificazione di terapisti). É come raggiungere una tappa alla volta lungo un percorso marcato, dove al bambino si offrono tutti gli appoggi possibili per compiere ogni obbiettivo. Il nostro terapista, tuttavia, era un 4 x 4.

“Prima di correre bisogna imparare a camminare- ci diceva – ma se te la cavi bene con una stampella, non ti metto sulla sedia a rotelle”. Con questa metafora ci spiegava la sua filosofia di dare solo gli appoggi necessari, e cominciare a ritirarli appena possibile. La sua visione si avvicinava più ai recenti modelli “ecologici” dove l’apprendimento critico avviene nel contesto naturale (a casa, all’asilo, a scuola) e i modelli di riferimento sono i genitori, la famiglia, le maestre, i compagni. Il ruolo del terapista è di aiutare la famiglia, la scuola, il contesto sociale a generare strategie per ricondurre lo sviluppo del bambino e favorire la spontaneità. Praticamente tutti si trasformano in terapisti, e le esperienze quotidiane sono la palestra per l’apprendimento.

Confronto ai modelli più strutturati, quello che facevamo era (ed è) doppiamente difficile. Tanto per cominciare, viaggiare a balzi su un sentiero pieno di buche quando sei ferito non è la cosa più divertente del mondo. Spesso sognavamo di consegnargli Diego per 5 ore al giorno e ritirarlo aggiustato alla fine della terapia. Però capimmo che nessun modello strutturato può raggiungere l’intensità della full-immersion nel mondo reale. La spesa al supermercato, per esempio. Diego odiava entrare in luoghi chiusi e invece di lasciarlo a casa, come facevamo prima della diagnosi, cominciammo a utilizzare il supermercato come occasione di superazione. Per riuscire a entrare senza crisi, all’inizio lo sistemavamo sul carrello e gli davamo un libretto per distrarlo. Una volta entrati, se lo facevamo scendere cominciava a correre in un corridoio, avanti e indietro, toccando gli scaffali con la mano. Scoprimmo che per evitarlo, dovevamo riempire il suo tempo con qualcos’altro. Cominciammo a portarci una piccola lista della spesa fatta con pittogrammi (due mele, due arance, una scatola di cereali, due latte di salsa…). Gli insegnammo a cercare i prodotti e a metterli nel carrello. A ogni viaggio al carrello vinceva un fiocco di cereali. All’inizio dovevamo tenerlo in due per mano e affrontare varie crisi, ma dopo alcune settimane cominciammo a lasciargli una mano, e dopo alcuni mesi potevamo accompagnarlo a cercare i prodotti senza il rischio che cominciasse a correre e a toccare gli scaffali. Inoltre, lo incitavamo a indicare i prodotti corretti (pera o arancia?) e a salutare la gente con la mano. Quando non ne poteva più, lo mettevamo sul carrello con il suo libro per lasciarlo riposare, ma ogni volta gli proponevamo una nuova sfida…cercare qualcosa che non era sulla lista, cercare il carrello che avevamo spostato, sistemare qualcosa sul nastro alle casse… “Ma che bravo aiutante!” – commentò un giorno una cassiera. Lì cominciammo a capire il senso di viaggiare fuori pista.

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