primer día

cole

De que tendrán miedo los padres cuando dejan por primera vez a su niño en la puerta del cole? Me imagino que teman que llore, que busque a mamá, que un compañero le empuje. Igual querrá que la maestra le coja en brazos, le pedirá un juguete o un caramelo, le dirá que le duele la barriga. Pero al cabo de unos días conocerá el nombre de sus compañeros, sabrá ponerse en la fila y se adaptará a la nueva rutina. Cuando le recojan, contará que han hecho en clase, si la maestra es buena o si les grita, y si le ha gustado la comida.

La verdad, no se de que tienen miedo. Los otros niños van equipados a la vida. Saben defenderse, con las manos y con la lengua. Diego…era como dejarle desnudo en la jungla. Apenas hablaba, y su escaso lenguaje se retraía aun más en situaciones estresantes. Podían pegarle y no sabía ni protegerse, y desde luego no podría contarle a nadie que le había pasado. Las experiencias se almacenarían de alguna forma en su cerebro, pero en casa no las expresaría ni con palabras, ni con un dibujo…Podíamos contar solo con la colaboración de los profesores para tener una idea de su día.

Un semana antes del primer día de cole, llevamos a Diego a ver su clase y a conocer sus profes. Era difícil valorar hasta que punto entendía lo que le íbamos anticipando con los pictogramas, sobre todo si se trataba de experiencias nuevas, y sus reacciones eran imprevisibles. Entró tenso en su aula, pero su cara se iluminó al ver unas láminas con los números colgadas a la pared. Exploró el ambiente, se empoderó de un dado gigante y sonrío a su maestra, una chica alta y guapa que le cayó bien. Su AL le cogió de la mano con alegría y se lo llevó a explorar el cole mientras nosotros hablábamos con la tutora. En los días siguientes, la palabra “cole” apareció muchas veces en sus vocalizaciones.

Su actitud positiva nos tranquilizó un poco, pero cuando llegó el día, nos levantamos con un nudo en el estómago. Diego era sereno y sonreía, incluso cuando le puse el babi (distinto al de la guardería), y le coloqué su mochila. Le cogimos los dos de la mano para entrar al patio y llevarle a su fila. Estaba a rebosar de niños y padres, y había mucho ruido y colores y movimiento y niños corriendo, y se quedó sorprendido, pero no dió la vuelta. Su maestra, la AL y la AT le estaban esperando y le ayudaron a permancer en la fila. Nosotros nos quedamos en la valla, con una sonrisa de mentira y el corazón encogido, en un grupo de madres y padres que lanzaban besos a sus hijos. Cuando sonó la campana, y la fila se movió hacia las aulas, algún niño lloró, uno intentó correr a lo brazos de su papá que le volvió a colocar en la fila. Diego caminó decidido hacia su aula, sin girarse.

 

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Di cosa avranno paura i genitori quando accompagnano per la prima volta il loro bambino alla scuola materna? Immagino che temano che pianga, che cerchi la mamma, che un compagno lo spinga. Forse vorrá che la maestra lo prenda in braccio, le chiederá un giocattolo  o una caramella, le dirà che gli fa male la pánica. Ma nel giro di qualche giorno conoscerà i compagni per nome, si saprà mettere in fila e si adatterà alla nuova routine. Quando andranno a prenderlo, racconterà cos’hanno fatto in classe, se la maestra è buona o li sgrida, e se gli è piaciuto il pranzo.

Veramente, non so proprio di cosa abbiano paura. Gli altri bambini sono equipaggiati per la vita. Si sanno difendere, con le mani e con la lingua. Diego…era come lasciarlo nudo in mezzo alla giungla. Parlava appena, e il suo scarso linguaggio si ritraeva ulteriormente in situazioni stressanti. I compagni potevano picchiarlo e non avrebbe saputo proteggersi, e men che meno avrebbe potuto raccontare quello che gli era successo. Le esperienze si accumulavano in qualche modo nel suo cervello, ma in casa non le avrebbe espresse ne a parole ne con un disegno.  Potevamo contare solo sulla collaborazione dei maestri per avere un’idea della sua giornata.

Una settimana prima di cominciare la scuola, portammo Diego a vedere la sua classe e a conoscere i suoi maestri. Era difficile valutare fino a che punto capiva quello che gli anticipavamo con i pittogrammi, soprattutto se si trattava di esperienze nuove, e le sue reazioni erano imprevedibili. Entró teso nell’aula, ma il suo viso si illuminò al vedere dei pannelli con disegnati dei numeri appesi alle pareti. Esplorò l’ambiente, sorrise alla maestra, una ragazza alta e carina che gli fece simpatía. La logopedista lo prese allegramente per mano e lo portó a esplorare la scuola mentre noi parlavamo con la maestra. Nei giorni successivi, la parola “scuola” apparve molte volte nelle sue vocalizzazioni.

La sua attitudine positiva ci tranquillizzò un po’, ma quando arrivò il giorno, ci svegliammo con un nodo nello stomaco. Diego era sereno e sorrideva, anche quando gli infilai il grembiulino (diverso da quello dell’asilo) e gli sistemai lo zainetto sulle spalle. Lo prendemmo per mano tutti e due per entrare nel patio della scuola e accompagnarlo alla sua fila. Era pieno di bambini e genitori, e c’era molta confusione e colori e movimiento e bambini che correvano, e si sorprese, ma non cercò di tornare indietro. La sua maestra, la logopedista e l’assistente lo stavano aspettando e o aiutarono a restare in fila. Noi restammo sul cancello, con un sorriso falso e una stretta al cuore, in mezzo a mamme e papá che lanciavano baci ai loro figli. Quando suonò la campanella, e la fila si mosse verso le aule, qualche bimbo pianse, uno corse in braccio a suo padre che lo riaccompagnò alla fila. Diego camminò deciso verso la sua classe senza voltarsi.

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